BUSCANDO EL PULSO REAL

Luis Ortega, Chino Darín y Lorenzo Ferro, director y protagonistas de El Ángel, presentan el filme inspirado libremente en la figura de Carlos Robledo Puch.

 

El director Luis Ortega llegó a Rosario junto a los actores Chino Darín y Lorenzo Toto Ferro para presentar El Ángel ante la prensa local. En una jornada de entrevistas, fotos y vueltas por los medios, realizador y protagonistas se adentraron de lleno en la producción internacional que algunos meses atrás fue exhibida en la sección Un Certain Regard del Festival de Cine de Cannes y la próxima semana estrena en las salas argentinas.
Luego de años en el camino independiente, en El Ángel, su séptimo largometraje, Ortega accede a una producción de escala internacional que incluye a su hermano Sebastián Ortega por Underground, Oscar Kramer y Hugo Sigman por K&S, Axel Kutchevasky por Telefé y los hermanos Almodóvar, con su mítica productora El Deseo.
La película – que estrena el jueves 9 de agosto- se adentra en el mito criminal de Carlos Robledo Puch, asesino serial condenado a cadena perpetua con apenas 20 años de edad y que en la actualidad cumple su condena en el penal de Sierra Chica, Olavarría.
Antes de su captura, “El ángel negro” o “El ángel de la muerte”, llevó adelante un raid delictivo que incluyó robos, asesinatos y violaciones. Hasta hoy se lo considera el mayor asesino múltiple de la historia criminal argentina mientras que su leyenda todavía despierta curiosidad en aquellos que conocieron la noticia en su momento así como también en las nuevas generaciones.
En 2018, décadas más tarde del impacto del caso, Ortega hace valer la letra chica del inspirada en una historia verídica decidiendo arriesgarse por una visión propia, eludiendo de manera inteligente y romántica, las expectativas que los espectadores puedan tener sobre el mito del asesino serial.
El Robledo Puch del filme no es el Robledo Puch del expediente, una jugada arriesgada de la que Ortega sale airoso por apostar a la historia de un ladrón que roba para sentirse vivo.
Ortega cuenta que luego de leer El ángel negro: Vida de Carlos Robledo Puch de Rodolfo Palacios sintió una completa fascinación, pero tuvo bien en claro que su película no iba por allí. Al trabajar en el guión junto a Sergio Olguín y el mismo Palacios, el director de Monobloc y Verano maldito buscó agregar una nueva entrega a la cinemateca universal sobre jovencitos ladrones.
La de Carlitos (Ferro) y Ramón (Darín) es una historia de hermandad adolescente en la edad de las alianzas de sangre; la edad de andar enfrentándose a falsedades e hipocresías poniendo a prueba la veracidad de absolutamente todo. Paradójicamente es, además, la edad de las traiciones irreparables y de los enconos tan irreversibles como incomprensibles, de esos que nunca cierran la herida dejando marcas de por vida.
Como en los diarios de Jean Genet, el acto de robar está atravesado por las soledades de los hombres y el pacto silencioso que mantienen con la noche. Ortega toma el camino del robo como acto desafiante, como preguntas existenciales de adolescente que delinque, pero que también podría estar tocando canciones de rock o protagonizando la novela existencialista de un escritor que nunca termina de asomar. No en vano Ramón eleva una pregunta que reverbera en Carlitos: “El mundo le pertenece a los ladrones y a los artistas”.
En la tradición de caminantes con sentido instintual, Carlitos se conecta también con Holden Caulfield, la creación de J.D. Salinger.  Carlitos reniega que la muerte sea algo real, no cree exista. Como un Caulfield de los cien barrios porteños descree de la hipocresía de los mayores y de sociedad que le es ajena, escéptico de todo el artificio de la sociedad, la muerte es un teatro, es una abstracción la vida la muerte y el dolor.
Carlitos habita una tierra donde la paranoia y la violencia se palpan en el aire. Donde la posibilidad de electricidad en los huevos está a una advertencia o un apriete de distancia. Al igual que las vivencias de Genet vagando por una Europa derruida, la violencia y la corrupción impregnan las calles, infectando tanto a sus habitantes como a sus guardianes y carceleros. La amistad, el vínculo entre individuos de la misma condición, es casi lo único con que pueden contar para creer en algo más, para tener hermandad ante un mundo aparentemente ilusorio.

Luis Ortega se rasca el cabello y se acomoda en su campera verde oliva. Saluda sonriente e inmediatamente indaga sobre su película. “¿Qué te pareció? Con sinceridad, por favor”. Pregunta si la proyección fue en El Cairo, sala que conoce por algunos de sus filmes anteriores. Además, confía que el clásico cine rosarino se relaciona con su más reciente trabajo por un hallazgo fortuito del túnel Arturo Illia: “Lo encontramos cuando vinimos al Cairo hace un tiempo. Estaba fumando, dando una vuelta, y el túnel me pareció ideal para lo que buscábamos. Fue un descubrimiento justo para una parte esencial en la trama”, explica.
“Nuestra película es una historia de amor. Es un enamoramiento muy profundo. De esos que uno encuentra en el otro cuando está muy solo. Tiene que ver con la juventud, cuando la amistad es esencial, pero además depara decepciones con las personas menos pensadas”, apunta el director como introducción.
Dejando bien claro la leyenda/advertencia de basada en hechos reales, el realizador porteño, anticipa, “no es el expediente. Quería lograr otra cosa. Intenté echar luz sobre un chico buscando sentirse vivo”.
Inquieto en su sillón y bien oculto tras sus gafas gruesas, Ortega señala que “fueron ocho semanas de rodaje pero mucho antes nos metimos de lleno a ensayar. Seis meses de laburo diario”.
Acerca de su experiencia trabajando paso a paso con el debutante Ferro, Ortega detalla un proceso extenso y casi obsesivo: “Era importante encontrar el punto justo antes del rodaje.  Buscamos mucho, desde el caminar de Carlitos hasta su forma de bailar. Toto me mostró una despreocupación natural, eso mismo de Carlitos de estar acá pero no comulgar del todo con el entorno. Algo entre encanto y no me importa nada”.

– Carlitos está probando límites, haciendo preguntas, desconfiando de todo alrededor. Allí plantea que todos están jugando, que en realidad nadie vive. ¿Cómo llegaste a ese artificio de vida en su personaje?

Esa era mi idea central con respecto a la psicología de un personaje del que nunca se habla, muchos menos de su psicología. Así como el personaje de Carlitos registra al mundo civilizado y a su protocolo como una falsedad y como un artificio, y ve la mentira instalada y muy encarnada en las personas, a partir de ver que todo es una tomada de pelo, traslada esa noción a la naturaleza misma. Carlitos llega incluso a descreer que la muerte sea real. Es una sensación que siempre tuve de chico. Por eso creo que a esa edad uno prueba los límites del dolor, tanto propio como ajeno, y de cuánto puede aguantar un cuerpo. Carlitos coquetea con esa posibilidad de morir. Acá, concretamente, él dispara contra ese automatismo, Carlitos tiene la ingenuidad de creer que va a poder desarmar ese automatismo sólo por matar a alguien, cree que Dios va a bajar y dar la cara y decir “Sí, es verdad, era todo un chiste”. Eso no pasa, pero a esa edad estás esperando que sí pase. Una vez terminé detenido. Fue una cadena de sucesos muy desafortunados, uno tras otro. Cuando realmente entro al calabozo encuentro que un tipo había pintado “Al final todo es un gran chiste” en el medio de la pared con la tinta del pianito. Estaba en medio del calabozo. Yo había pasado una noche malísima y larguísima. Estaba casi sin ropa, me habían robado todo, entro al calabozo y leo “Al final todo es un gran chiste”. Me pareció una máxima que se ajustaba un poco a mi percepción del mundo. Además se ajustaba muy bien a este personaje, a este Carlitos que aparentemente es cínico y frío, pero que en realidad tiene un porqué su comportamiento.

– En la primera parte de la película hay una masculinidad cinematográfica icónica, la de Brando, la de Dean; luego la química entre Carlitos y Ramón va ganando sensualidad pero permanecen en un terreno de lo no dicho.

Si bien prefiero olvidar el caso real vuelvo un poco allí. Revisándolo me encuentro que aparecían algunos casos de violación por parte de Ramón, el personaje en que está inspirando el personaje del Chino, después Robledo mataba a esas mujeres por la espalda o con un tiro en la cara.  No sé porqué algo de eso me hizo pensar que tal vez estaba celoso. Él no participaba de las violaciones pero después las mataba. Empecé a conjeturar que, por ahí, él estaba enamorado de su amigo. Eran muy opuestos, había una atracción. Me dije que la estructura tenía que girar alrededor de una historia de amor y de atracción en una edad donde los amigos son muy importantes. Yo vivía en Tucumán y admiraba mucho a dos pibes que donde te veían, te cagaban a palos. Moncho Vera y el Oso Aguirre. Me acuerdo que un día, más o menos me pude hacer amigo y les regalé un Zippo. Fue algo…no sé, es un código entre pibes a esa edad. Vos le das un encendedor que ni siquiera sabés de dónde lo sacaste, entonces también reproduje eso. La amistad es una entrega muy profunda en la niñez y más todavía en la juventud, cuando uno deja el ámbito familiar. La amistad es fundamental, tanto como la decepción de Carlitos con Ramón; ese amigo que tanto admira termina siendo un boludo al final, lo único que le importa es ser famoso. Genet fue importante para nosotros, tal vez por su universo de ladrones y complicidad entre hombres.

– Tanto Historia de un clan como El Ángel tienen lugar en contextos históricos donde la paranoia es palpable. Es una paranoia urbana que genera otra piel en la gente que camina las calles, que hace que todos se dejen ver con una naturalidad artificial ante una amenaza casi invisible pero omnipresente. Me hizo pensar mucho en Hay unos tipos abajo (1985, Rafael Filipelli, sobre libro de Antonio Dal Masetto). ¿Por qué me comporto de esta manera si no pasa nada? ¿Por qué dejo en claro que no estoy haciendo nada malo si realmente no estoy haciendo nada malo?

Sí, coincido con eso.  La paranoia que nos hace otras personas, o al menos mostrarnos de manera diferente afuera, ante todos. Me acuerdo cuando yo empecé a fumar en la adolescencia. Siendo que empecé a fumar porro siendo un pendejo re adolescente, eso automáticamente te ponía del otro lado del ley. De un momento a otro pasabas frente a un policía e inmediatamente era “Uh, la puta madre”, ya te hostigaba esa paranoia, era una persecuta que te comías solamente por fumar. Es una sensación que traigo desde chico. Pero desde la niñez, te diría, re chico. Todo lo que late y está vivo, está del otro lado de lo permitido. Eso casi que parece una trampa bíblica. Parece hecho a medida. ¿Querés sentirte vivo? Ok, tenés que estar fuera de la ley.

– Buscar adrenalina en otros territorios.

Claro. Cuando hay muerte o riesgo de muerte con un arma o porque uno arriesga con una acción, aparece el valor de la vida. Aparece el pulso real. Te empieza a latir el corazón y decís estoy vivo, soy real, puedo perder, puedo sentir. Por eso vuelvo sobre lo que mencionaste antes: esas sensaciones también se buscan para que confirmen que estamos vivos, que la vida transcurre realmente. Son cachetazos o baldazos de agua fría para despertarse, para cobrar vida y sentirla, para tomar perspectiva. Entonces, a su manera,  Carlitos busca una respuesta a algo más grande que la propia cotidianeidad. Son preguntas que lo exceden en ese momento.

– Antes hablaste de los lugares de bien. Tu laburo tiende una luz sobre la oscuridad que habita en esos lugares de supuesta normalidad con familias de clase media y clases altas. ¿Cuándo empezaste a fijarte en ese trasfondo?

Desde chico sentí, al igual que todos, que los actos donde más somos nosotros mismos son los que hacemos en privado: masturbarte, tener pensamientos que no deberías, pensamientos impíos, ponele (risas), ese tipo de cosas. Digamos desde niño tengo la sensación que Dios te mira, que alguien o algo te está acompañando por más privacidad que busques.  Todo es va mezclado con que vi muchas películas que supongo que el personaje de Carlitos también. Películas de chicos malos que caminan con una mística y una actitud. Todo eso te hace actuar de una manera especial aunque estés solo. Entrás en un sistema psicopático vos solo por creer en Dios o por no creer en Dios, o por ver muchas películas. Para mi somos todos marginales, lo que pasa es no lo podemos blanquear, no está explicitado eso. Nadie puede hablar abiertamente de lo que le pasa, de decir lo que siente. Casi que nunca se puede decir eso de manera completa, tal vez sí de manera parcial, pero apenas. La gente de bien tiene sentimientos similares, por supuesto, es obvio, el tema es qué medida están relacionados con algo oscuro o son parte de la naturaleza. El psicoanálisis y la policía, en general, se dedicaron a demonizar cosas; en un momento la moral fue la gran censura. Después pasó a ser la corrección política, hoy es un poco “Bueno, ojo, no digas nada fuera de lugar”. Después que la moral pasó de moda y todos se hicieron los cancheros, ahora lo que está bien. La mirada del otro, sigue siendo, entonces, el enorme ojo moralizador.

– Rosario proyecta tu cine hace tiempo. Tuviste oportunidad de presentar tus películas independientes y ahora llega una película enorme que incluye a Underground, El Deseo y Fox. ¿Qué se gana y qué se pierde una escala tan enorme?

No se pierde nada. Uno se ahorra mucho tiempo y también muchas deudas (risas). Lo que sí se pierden son problemas, eso es muy saludable. La verdad es que nunca vino un productor a decirme qué tenía que hacer, sin embargo, me hacían devoluciones muy útiles del guión. Yo hoy puedo bancar cualquiera de estas fantasías con adultez y siguiendo el protocolo. Me fue dada toda la libertad y, por primera vez, todos los recursos para materializar mi imaginación. Básicamente fue todo positivo el paso a esto (señala el banner y todo el salón). Lejos de decirme qué sí y qué no, me dieron los recursos necesarios para hacer el producto final. La figura del productor en el cine es fundamental. Una película es una empresa muy grande. Ojalá fuera como pintar un cuadro o escribir un poema, pero necesitás un equipo, algo así como tres equipos de fútbol (risas).

La arquitectura de inspiración francesa del mítico Hotel Savoy hace de la terraza un lugar de calma tamizado por el verde de las plantas y un cielo que luce más cercano. Cuando el gris de la jornada le da un descanso a lluvia, llega una oportunidad ideal para hacer fotos. Además es la excusa perfecta para fumar y descansar unos minutos.
Director y actores se divierten entre flashes e indicaciones del fotógrafo. Todos prenden cigarrillos, disfrutando el recreo. Por supuesto, convidan.
Ortega y Ferro comentan, en complicidad, que son un desastre para las notas. “El Chino nos salva de todas. Menos mal que lo tenemos”, comenta el más joven del trío. “Es que tengo una reputación que mantener”, responde Darín, sonriendo.
De regreso en el salón, Darín y Ferro toman asientos en sendos sillones de cuero. Cómodos, ante cortados y agua mineral, enfrentan al grabador con dinamismo.
Darín está abocado al cine desde hace un par de años. Viviendo entre Argentina y España, espera por el inminente estreno de El Ángel y de otras dos cintas, La noche de los 12 años (Álvaro Brechner) y Mirage (Oriol Paulo).
Ferro, divide sus horas en su dedicación al freestyle como Toto Mc y las jornadas de prensa de su primer protagónico cinematográfico. Relajado, toma la quincena de promoción como parte del oficio y admite que está curioso por ver qué pasa con la película. Lejos del vestuario setentoso de Carlitos, luce un buzo enorme ilustrado por el logo de la Mtv de la década de 90.

– Antes de comenzar el rodaje hubo seis meses de ensayos junto a Luis. Eso agregó un factor de cansancio extra, llegando con una carga previa al minuto cero de filmación.

Ferro: Sin dudas, fue cansador. Al mismo tiempo, si venís haciendo una preparación previa al rodaje, llegás con una confianza que no se te da de otras formas. Quizás, si yo conozco al Chino el primer día de filmación, todo eso no se da. Llegamos con una relación ya formada previamente. Sabíamos que podíamos jugar, entrar en confianza. Supimos por dónde movernos actoralmente. Estuvo bueno a pesar de llegar cansados.

Darín: Creo que fue más cansador para Luis porque tuvo un proceso muy muy largo. Yo también estaba agotado pero por otros motivos. El cansancio nunca es una excusa, en un punto. El cansancio es un factor favorable para actuar. Muchas escuelas de actuación se basan en llegar al agotamiento primero para después poder estar más presente y permeable, sin tantas barreras. Ese cansancio te permite estar ya entrado en calor, además desde ese agotamiento físico se genera mucho, es potenciador. Lo fuimos acumulando y eso te pone más juguetón. A veces estás cansado, re dormido, eso te permite romper ciertas estructuras. Es cierto que fue un rodaje intenso y es cierto que venimos metiendo ensayos antes de eso. Había que encontrar la dinámica de la pareja. Luis venía de laburos larguísimos antes de El Ángel.

– Hubo lugares diferentes para sus personajes. Mientras que Luis escribió a Ramón pensando en vos, Chino, a Carlitos quiso desarrollarlo desde sus propios zapatos. ¿Esa fue una decisión previa o apareció durante el proceso?

Darín: Había algo escrito y algo diagramado por Luis, más allá que al personaje lo escriban para vos. También se fueron escribiendo cosas a medida que transcurría el rodaje. Luis es muy de los procesos, no es un tipo que esté cerrado a una cosa ya imaginada de antemano. Es muy abierto en ese sentido de la construcción. Creo que siempre hay un acomode de piezas que se van haciendo al andar. Nos fuimos encontrando nosotros, fuimos encontrando en los personajes, cómo se miran estos tipos, cómo se relacionan, cómo se hablan, qué están buscando en el otro, dónde se picanean y por qué, hasta dónde están dispuestos a ceder. Son un montón cosas que tienen que ver con ir probando, ir descubriendo. La etapa de ensayos fue muy enriquecedora porque  fue una clínica de estudios medio privada, ante unos pocos, encapsulados ahí. Por momentos sentís que satura, sentís que no das más o que no renovás, pero siempre todo se capitaliza en el rodaje.

– Siendo que nacieron décadas más tarde de los sucesos de Robledo Puch y gobiernos de facto, ¿cómo fue meterse en esa época tan particular? ¿Recurrieron a testimonios de sus propias familias para entender el aire de esos días?

Ferro: Sí, hubo que meterse en esa época. En mi caso, investigué desde ese lado, pero para entrar bien en la época ayuda mucho el cine, como ver películas de los 70.  Ver las casas, los colores que se usaban, incluso los bailes. Recurrir a la Internet para repasar épocas en las que quizás no estaba vivo es una de las armas más poderosas. Eso ayudó mucho.

Darín: Y la música.

Ferro: Sí, la música también. Yo no tenía muy clara la música de esa época, pero Luis me mostró y ahora, la verdad, es que me gusta. La música me ayudó un montón, son los sonidos de esa época. Son sonidos muy distintos a los de ahora. Me acuerdo que durante la preparación me puse a buscar juguetes de los 70, miré un video de veinte minutos que pasaba foto por foto de juguetes. ¿Para qué estoy viendo esto? (risas) ¡Qué ganas de romper las pelotas! (risas).

Darín: Es interesante lo que comenta Toto sobre el cine de aquella década. Hay una cosa rara que pasa con el transcurso del tiempo y con los formatos. Hoy, mirando para atrás, a veces termina valiendo más cómo se ha retratado esa época en el cine a cómo era realmente. En definitiva es lo que termina perdurando en el imaginario popular, incluso de gente que haya vivido en esa época, porque ha visto tantas cosas que se va formando una capa sobre capa en donde empieza a tener más valor la verosimilitud que se construyó en el cine de esa época que la verdad real. Entonces se maneja un código de época en donde el cine abreva de sí mismo y al que todos contribuimos como una especie de arca común donde cualquiera puede meter mano.

– La sensualidad entre Carlitos y Ramón va ganando tensión pero ambos permanecen en un terreno de lo no dicho, porque no terminan de comprender qué les pasa o porque por entonces la homosexualidad era tabú.

Darín: Creo que hay un mundo de sutilezas que plantea Luis. Habla, en general, más allá de la homosexualidad o no,  que hoy tenemos la necesidad de etiquetar todo y ponerle sello, no es simplemente que podemos decir que hay otra libertad u otro abanico sino que necesitamos igual etiquetarlo para que quede claro. Lo tabú o lo no hablado permite esa escala de grises en el medio, no digo que sea favorable ni que sea mejor o peor, es un mundo de posibilidades y en definitiva estos son dos tipos que claramente se conocen y se gustan, son personajes que medio que actúan uno para el otro, porque tienen que ver con esos personajes que hablábamos.

Ferro: Sí, se complementan, son yin y yang.

Darín: Son distintos, muy distintos. Se complementan en todo sentido. Uno es morocho, el otro rubio. Me gusta pensarlo en gatos y perros. No sé porqué lo construí desde ese lado desde la época de ensayos. Me parece que uno es más perro y el otro más gato. Uno es más femenino y otro más masculino. En definitiva, hay que ver quién es más masculino y más femenino y por qué, hay que ver en qué punto se tocan o no. Me parece que sí hay algo en la historia que tiene que ver con el amor y con la admiración.

Ferro: Lo más interesante de la película es ver ese amor que no se puede describir en algún punto. No pasa nada, quizás no nos besamos. Va más allá de eso. Quizás hacer un baile es hacer el amor, no explícitamente.

Darín: En ese punto, lo que tiene de bueno, entrando en la sutileza de lo que es la relación entre ellos, hay un crescendo permanente en la película, es esa sensación que aparece cuando empezás a salir con alguien, de las mariposas en la panza, el nerviosismo, el antes de la consumación donde todo parece que se asienta y se pierde, incluso, parte de la magia que había ahí. La película siempre se está acercándose a ese punto,a ese clímax, a esa consumación entre estos dos tipos, algo que siempre queda latente.

– Toto, según Luis, vos fuiste la persona ideal para el rol porque mostraste una actitud desenfadada, que en tu forma de ser encontró a Carlitos. ¿Eso lo llevaste al casting o fue algo natural?

Ferro: En un punto, siempre fui así. En otro punto, no tenía nada en juego, nada que perder. Yo no fui a quedar, fui a ver si me gustaba seguir haciendo castings. Entonces fui ahí y dije “bueno, ésto me lo aprendo para mañana”. Lo aprendí más o menos. Entre que estaba fumado, entre que estaba con mis amigos, entre que estaba un poquitito nervioso, salió cualquier cosa. Fue un licuado que, por suerte, le gustó a Luis. Es algo que tengo siempre eso.

– La industria hoy propone equilibrar cine con proyectos televisivos debido a que el streaming genera una fuerte visibilidad en mercados de varias regiones. ¿Se ven viviendo ese equilibrio?

Darín: No. Yo estoy priorizando el cine desde hace bastante tiempo. Afortunadamente se me han ido dando las cosas para seguir. Me mantengo activo en el cine y me permite vivir de esto, algo que agradezco infinitamente. Me siento un privilegiado, sé que no es algo fácil. Eso no quita que un proyecto televisivo me pueda llamar la atención o convocar. Soy consumidor de esos productos pero hay algo en el hacer cine que me gusta más. Incluso, a la hora de mirar cine valoro mucho una pieza bien acabada.

Ferro: El cine es el principio de todo, también. Siempre prefiero ver cine antes que televisión. Te enseña desde otro punto. Es mejor salir a la calle que ver la tele. Si en un punto estás todo el día viendo las noticias…¿Por qué te lo tiene que contar otro? Andá y velo con tus propios ojos, sino otro está viviendo la vida por vos mientras estás en un sillón.

Darín: Y no menospreciemos la magia que tiene una sala de cine, de ir a ver una historia en una pantalla de ocho metros, con un sonido espectacular y toda la gente reunida ahí, con la energía puesta en que algo venga desde la pantalla para nutrirte y te calme las ansias. Ahí hay un viaje que todos tenemos que vivir más a menudo.

Texto – Lucas Canalda
Fotografías – Renzo Leonard

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