SER PARA QUE SEAN

Como pianista, docente universitaria y creadora del 404 Festival Internacional de Arte y Tecnología, Gina Valenti se convirtió en una embajadora cultural de Rosario para el mundo.
En construcción permanente, busca tender puentes con el irrefrenable propósito de democratizar el acceso al arte para redescubrirnos como individuos y elevar interrogantes sobre la sociedad. El retrato de una selfmade woman que renegó del conservatorio para adentrarse en la contracultura y luego despegar hacia un universo de creaciones que imaginan posibilidades.

I

Entrado el otoño, el centro rosarino cae en un registro triste y de extravío. Luce abandonado en las últimas horas de la tarde. La actividad es prácticamente nula, entre peatones que caminan circunstancialmente. Los locales, en plan ahorrativo, reducen sus horarios y apagan las luces. El extravío sucede cuando ya nadie tiene claro por qué está ahí, en esas calles frías de locales opacos y persianas bajas.
Por Corrientes, a unos cuarenta metros de la peatonal Córdoba, la facultad de Humanidades y Artes de la UNR alberga pasillos con estudiantes y docentes abrigados que, siendo las ocho de la noche, todavía tienen un rato por delante.
Es un martes con noticias del FMI, la previa al mundial de Rusia y la cuenta regresiva para el histórico debate por la ley del aborto seguro, legal y gratuito. Unas declaraciones de María Eugenia Vidal se viralizan por doquier y los pasillos exhiben algunas primeras intervenciones de su imagen. “UNIVERSIDAD PÚBLICA PARA TODES”, se lee en afiches recién terminados que incluyen imágenes intervenidas de la gobernadora de Buenos Aires.
Desde la Escuela de Bellas Artes reverberan voces que se pisan hasta volverse indistintas en un blablabla intraducible. Unos pocos pasos acercan a un aula donde una voz grave habla sobre los interrogantes que debe elevar el arte de manera cotidiana. Dice que son esenciales para descubrirnos como sujetos. La voz apunta además que tanto el arte como sus preguntas deben estar en constante modificación como el ser humano. Frío mediante, una puerta se cierra, esfumando las posibilidades de continuar la misión de espionaje a la inminente entrevistada.
Dejando el sector de Artes, una Clarice Lispector de colores estrambóticos advierte la proximidad de la Escuela de Letras. Avanzando hacia la entrada principal, entre pasillos que forman una ele, una fotocopia muestra una Vidal en blanco y negro y el agregado de un pañuelo verde alrededor de su cuello. La expectativa por el debate y la votación del proyecto de legalización del aborto en la Cámara de Diputados se palpita con afiches y pintadas de “ABORTO LEGAL YA!”, que se multiplican por las paredes del patio, corredores  y distintos pisos del edificio.
Saliendo a la calle, hay gente que charla, sosteniendo apuntes bajo el brazo. Algunas personas acompañan a sus bicis sin evidenciar indicios sobre si están llegando o a punto de irse. Al caminar por la estrecha Entre Ríos todo es opacidad entre negocios cerrados, estacionamientos titilantes y paradas de colectivo con pasajeros impacientes. Llegando a  Pellegrini, las luces brillan, suficientemente poderosas como para mantener eternamente su título de pasarela siempre despierta. Al pasar la avenida, algunas cuadras hacia el sur, el movimiento toma inercia de barrio entre bares clásicos que desafían la hegemonía de la gran arteria gastronómica. Todavía estamos técnicamente en el centro pero casi rozando la soberanía de la República de la Sexta: varios perros tironean de sus correas dando un paseo fugaz, algunas señoras caminan con bolsos de comida, jóvenes emponchados cargan bolsos deportivos, las cocheras reciben a sus ocupantes nocturnos. El movimiento es tranquilo pero dinámico, todos apuran el paso para refugiarse de los 9°, que se van achicando a medida que avanza el reloj.
Apenas pasadas las nueve, en una cuadra de árboles tupidos y fachadas viejas, Gina Valenti abre la puerta del pasillo que dirige a su casa. Está abrigada por una campera roja de paño, el resto de su outfit es negro, como siempre. Saluda cariñosamente con la misma garganta grave que un rato antes daba clase.
En la profundidad del pasillo, la dueña de casa abre la puerta para descubrir un ambiente cálido que resiste el embate del frío. Valenti invita a pasar e inmediatamente es franqueada por otros habitantes: Hamilton y Donovan, que mueven sus colas entre amistad y curiosidad. Hamilton, elegante gato siamés, se mueve rápido cual ninja entre las piernas de la visita. “Donovan, como el protagonista de V, Invasión extraterrestre”, se apresura a especificar la anfitriona, orgullosa del portentoso mantonegro de hocico canoso y una mirada con algunas cataratas. Ambos animales completan el ritual de bienvenida olfateando mientras buscan caricias compradoras. El perro se queda firme en el pasillo; el felino, en cambio, se pone a husmear entre la ropa y el bolso del recién llegado. Nada detiene su curiosidad, y mete gran parte de su cuerpo para investigar dentro del bolso. En un momento, solo su cola se asoma, como una especie de periscopio sigiloso y extraño.
Un breve tour por la casa permite sentirse más cerca de la anfitriona. Será que algunos detalles puntuales evidencian una delicadeza de la memoria, pequeños objetos preciados que marcan el camino de la vida. Caminando tras la guía y sus escoltas se reconoce la importancia de un legado familiar pleno de aprendizajes; de una crianza plena de curiosidad y estímulos. Algunas obras de su abuelo Carlos Valenti -profesor de dibujo y creador del Club de Niños Pintores en la Escuela Rivadavia de Santa Fe- visten las paredes y no dejan dudas sobre la inclinación natural de su nieta por el pop en todas sus formas.
Las paredes de su cuarto de trabajo están cubiertas: una por las diferentes gráficas de la historia de su criatura más preciada, el Festival 404; las otras dos sostienen estanterías que muestran una grabadora a cinta, una cajita de lata de Hergé, un Batman Funko Pop en su packaging original sin abrir. El cuarto se completa con un sillón pequeño y un escritorio que multiplica las posibilidades del espacio albergando un teclado, una PC, un monitor Sony, un scanner y una notebook Dell. El ventanal de la cuarta pared deja entrar la luz que recubre todo de un nácar lunar.
Tanto en el escritorio como en los estantes se perciben varios gadgets enigmáticos que motivan una descripción detallada por la parte de la anfitriona. El Bone Conductor es un dispositivo similar a un estetoscopio de mano que permite escuchar sonidos por los poros de la piel. El conductor de huesos es una de las cientos de maravillas de arte que Valenti descubrió en los últimos años. Una invención que experimentó hace poco en Taiwán y la tiene fascinada es el casco de realidad virtual que inventó una nativa de los pueblos originarios chinos: al colocarse el dispositivo, el usuario se sumerge en el paisaje que los nativos orientales conocieron cientos de años atrás. La lista de experiencias semejantes es larga y jamás deja de sorprender.
Aventuras a veinte horas de distancia o a sólo veinte cuadras, Valenti comparte e interpela; sumerge al otro en sus vivencias ya que animan a descubrir un mundo siempre diferente.
Cuenta detalles de su paso por Taiwán, curiosidades de la Universidad Tecnológica de China. Colombia, China, Francia, amigos, colegas y aventuras artísticas que siguen derrumbando fronteras de un mundo estimulante que trama vínculos afectivos.
Pronto Gina posa su mirada sobre Rosario. Qué pasa en la ciudad. Quiénes escriben, quiénes leen. Qué músicas nuevas están atravesando nuestros oídos. Descree de algunos grupos locales que solamente cantan sobre chicas y se pregunta hasta cuándo van a seguir con eso. Ya está eso, dice.
En lo respectivo a sus horas en Humanidades, está maravillada trabajando sobre la obra de Marshall McLuhan y la de Orson Welles, a quien adjetiva como increíble. Revela que es una alegría enorme incluir al filósofo canadiense en su cátedra porque es un maestro que sigue enseñando y que se reafirma cada día que pasa. Apasionadamente habla de las ideas de sus alumnos y las posibilidades de transformación que anidan en cada una de sus acciones. Encuentra mucho empuje en sus estudiantes, posibilidades de muchos mañanas. Al hablar de la acción de la docencia y sus vínculos, Valenti irradia energía. Sus manos son fundamentales en sus modos, con sus dedos conduciendo la orquestación invisible de su verborragia.
Su agenda revela tanto movimiento como sus manos, acusando una ausencia de huecos, salvo para el descanso y alguna escapada de relax. Tal vez como éste mismo momento. En pocas palabras, está a pleno entre la facultad, el 404 y un aniversario que amerita celebración: dos décadas haciendo música en vivo.
En simultáneo está armando dos ediciones del Festival. En octubre llega la edición número quince en Japón. Apenas dos meses después, en los primeros días del 2019, desde enero a marzo, se realizará la edición dieciséis, la más larga que se haya hecho en la historia del 404, en Boston. Estados Unidos será el décimo país en recibir al Festival que nació en 2004 en Rosario.
Al realizarse en el extranjero, la continuidad del festival se ve asegurada por varios años más. Parte del entusiasmo de Valenti reside en que ya tiene fechas y locaciones para los próximos años. Pero la razón de su alegría se debe a que esa continuidad sea, en parte, responsabilidad de los mismos artistas que crecieron y se desarrollaron a la par del 404.
La persona que está acompañando a Valenti en la organización de los festivales por venir es Sadam Fujioka, artista, programador y urbanista japonés, que a través de los años supo crecer a la par del 404 como participante. Luego de ser parte del festival en distintos países, la actualidad encuentra a Fujioka siendo un partner ideal para seguir llevando la llama de 404 a nuevos territorios. “Que él haya tomado la posta y la responsabilidad es todo un emblema para mi”, explica contenta Valenti. “Fujioka sabe tan bien como yo lo que cuesta hacer el Festival. Lo hace para asegurar la continuidad del proyecto. Él sabe que acá es complicado“.
Con esos dos encuentros ya planeados, la creadora concentra su mirada en Rosario, con la certeza que hace falta un espacio de formación para los artistas de las generaciones por venir. Entre convicción y pasión, Valenti no se deja intimidar por los vaivenes de la economía argentina. Tiene bien claro que el universo 404 y sus influjos no dejarán la tierra donde todo se imaginó y cobró sentido por primera vez. Por eso, mientras que las próximas ediciones del festival se realizarán en latitudes lejanas, en Rosario se inaugura la Academia de Arte y Tecnología Ctrl + Z, el primer proyecto educativo especializado en el desarrollo de la producción audiovisual con nuevas tecnologías y orientación artística.
Contando con el aval de la UNR y haciendo base en el efervescente Centro Cultural Atlas, la Academia es la concreción de un sueño por el que la multifacética artista trabajó incansablemente por años; una idea que albergó en su corazón por casi una década y que en 2018 se hace realidad.
Ctrl + Z  es un espacio de formación que surge con la vista puesta en el futuro. Valenti, creadora y directora, desarrolló el proyecto pensando en las nuevas generaciones de artistas que buscan construir obras y alcanzar nuevas formas de expresión. “Habiendo hecho una lectura de la situación en donde la educación va por ciertos lugares pero estos lugares estaban vacantes, los cursos que estamos dando son de iniciación sobre realidad aumentada, 3D interactivo, motion graphics”, señala. “Todos tienen un particularidad muy especial, incluyen música”, agrega.
El Modo Academia, otra de las formas de cursado, incluye todos los contenidos que se ofrecen en los cursos específicos y clases complementarias de música y arte del siglo XXI, con el objetivo de generar un entorno de aprendizaje teórico-práctico integral e interdisciplinario. “Es importante que, en la educación y en este tipo de práctica, uno tenga conocimientos que pueda interrelacionar, que tenga herramientas y pueda contar con todas esas herramientas para construir obra y para construir mensajes”, explica la directora sobre la nueva aventura.

II

A punto de inaugurar un nuevo y anhelado capítulo de su vida, Valenti parece quedarse quieta una noche, o al menos un rato, para reflexionar sobre su intenso camino. “Hace quince años atrás yo no sabía cómo iba a ser este transitar que es la vida. Cada vez lo tengo más claro. Creo que también lo tengo claro por las dificultades. Muchas veces te ponen contra las cuerdas y ahí tenés el momento para aclarar el porqué lo hacés, si lo vas a seguir haciendo o no”, confía mientras acaricia el pelaje lustroso de un Donovan que busca atención.
“El Centro Cultural Atlas nos dio la sede y la Universidad nos dio el aval. Cuando se pueden concretar las ideas, hay que hacerlas. Uno nunca sabe qué va a suceder en otro momento, vive rodeado de incertidumbres. Todo es una construcción”, afirma. Tras un breve silencio, concluye, “hay que construir, es así todo esto”.
Entre tanta verborragia, Hamilton da un paso al frente hundiendo primero el hocico, luego toda su cabeza, sobre la falda de su ama, demandando más cariño y poniendo mirada de bonachón. Irresistible, el can se sale con la suya hasta que la pianista retoma sin perder hilada. “No queda otra, hay que construir. Más cuando estamos tan intermediados por la tecnología y por el entretenimiento, nosotros no podemos ser usuarios eternos. Nosotros tenemos que poder hacer también, tener una cierta reacción o mirar las cosas y poder ver a través de esas cosas, saber cómo se han hecho, no quedar siempre expulsados por el artificio, no quedarse siempre del otro lado, expectantes. Tenemos que poder intervenir. La educación es algo inagotable. Nunca es demasiada la educación. Nunca es suficiente”.
Con una palmadita cariñosa sobre su lomo el perro entiende que ya fueron suficientes mimos, retirándose a la habitación. Hamilton, en tanto, reposa junto a la calefacción, indiferente. “Sin haber hecho el 404 nunca hubiera llegado a pensar en un proyecto como la Academia”, admite la anfitriona. “Así como el 404 es el error que en el arte se transforma en posibilidad, Ctrl + Z es esa operación que en el mundo análogo no existe y que define, un poco, a la era digital. Como nos encantaría que existiera en la vida real para deshacer errores. Muchas veces recurrimos a esa expresión, es una especie de fantasía”.

– Son quince años de 404 ,cuando apenas tenés treinta y siete. Es un porcentaje muy importante de tu vida. ¿Podés imaginarte al Festival sin tu presencia?

¡Cuando no esté más! (risas). Empecé a los veintidós. Una gran parte de mi vida. El Festival me ha modelado, así como McLuhan habla de cómo los medios te modelan. Es simbiótico. Se humanizan los proyectos con uno. Empecé de muy chica con el 404 pero también estaba desde antes con la música. Este año se cumplen veinte años de mi música. Mucha gente me conoce más por el Festival porque he dejado gran parte de mi obra para dedicarme al 404, pero en definitiva fue cobrando la forma de una obra en sí misma porque el Festival quedó como nombre. En realidad, el proyecto ha excedido mucho a un simple festival, entonces, es momento de reajustar las tuercas y de ver en qué se convierten los proyectos. A veces los proyectos terminan cobrando vida propia pero para que eso suceda nunca hay que dejarlos demasiado solos. Esa vida depende de un esfuerzo. Yo necesitaría tener la certeza de que cuando ya no esté el proyecto del 404 va a continuar. Me sentiría muy triste si no fuera así. Los proyectos nos tienen que exceder. Es el legado que uno deja. Yo estoy convencida que ésto es lo que uno viene a hacer al mundo, por eso, el lema del 404 de este año es “Be for them to Be”, sé para que ellos sean. Después de haber transitado visiones, del usuario, del humano, del arte, llegué a pensar que el motivo por el cual uno hace las cosas es el otro, y está muy bien que uno lo pueda manifestar y pueda desprenderse también de esa visión que uno tiene uno mismo.

– Siento que andas en el crossover permanente. De jovencita dejaste la música académica para irte a un palo de vanguardia y experimentación, tomando ideas de punk y pop art.  Tu elección fue desarrollar una curiosidad natural. Sin embargo, tampoco te cerraste a lo académico.

Siempre puse el eje en el humano y el humano se modifica permanentemente. Si uno presta atención más a eso que a la disciplina en sí misma, la disciplina es más estática, pero si lo que te mueve es lo otro, entonces, vos te movés. Para mi el arte nunca se trató de algo profesional, siempre fue algo personal. Por eso uno es inquieto, porque las cosas que te rodean se van modificando y van cambiando de lugar. Uno trata de ir siguiendo ese devenir, viendo qué va ocurriendo acá y allá. Además se trata de unir todos los puntos. Trato, siempre, de vincular, de conectar las cosas. El mensaje puede ser uno y puede ser muy grande y expandirse pero dentro de ese mensaje hay muchas aristas. El arte es muy completo, siempre me resultó imposible pensar en la música separada de lo visual, creo que es importante. Nunca pude distinguirlos. Uno hace música y la música también lo busca a uno. Todo lo que te rodea tiene un mensaje implícito. Nuestra gran tarea es ir viendo donde nadie ve. Es ir viendo esos detalles donde estamos. Nosotros no estamos en los mensajes publicitarios ni en los reflejos del sistema, estamos en donde nadie quiere terminar de ver. La tarea del artista es la tarea del ser humano, no creo que haya una gran diferencia en eso. Creo que para dedicarse al arte hay que dedicarse a la gente sino, no hay arte, no creo en el arte sin eso.

– ¿Cuándo comprendiste eso?

Mi abuelo y mi mamá me lo enseñaron. Ellos siempre salían a hablar con la gente. Siempre fueron personas muy humanas. Esa fue la enseñanza que yo tuve. No sé si hubo un antes o un después, desde que lo recuerdo es así. Con la vida que nos transcurre uno puede ir viendo qué tan cierto o profundizar ciertas partes o qué tan posible es. La realidad es que se trata de una labor cotidiana y profunda. Requiere un ejercicio, no hay un momento donde no lo hacés. Siempre hablamos con mis alumnos sobre los costos y precios de una obra. Es difícil, no es un trabajo de ocho horas. Vos te vas a dormir y luego te levantás pensando en eso, te desvelas de eso. Es una elección, no es una profesión. Siempre digo que es el ser del hacer. Es un hacer que está completamente anclado con el ser, no hay diferencia. En un sistema que nos disocia permanentemente y que busca que uno se separe de lo que hace, la gran apuesta del arte es unirlo.

– Recién hablaste de tu abuelo y tu mamá. Ellos fueron influencias muy importantes para vos. Además, siempre fueron muy cercanos. Ella siempre te acompañó en todo, hasta el día de hoy.

Mi abuelo, Carlos Víctor Valenti, era, ¿cómo definirlo? Era un ser humano. Él pintaba. Había estudiado dibujo, pintura, daba clases. Cuando lo conocí, yo era muy pequeña y fue, de alguna manera, como mi padre. Recuerdo que, al pasear con él, me presentaba a los chicos de la calle, a los trabajadores de aquellos negocios que uno nunca se detenía a ver. Siempre me hacía saber sus nombres, me describía qué hacían. De chica conocí al mundo a través de sus ojos. Es algo que no te olvidás más. Era una persona muy sensible, muy humano, no se hubiera aguantado esto. Se preocupaba mucho por la gente. Susana Valenti, mi mamá, digna hija de su padre, se dedicó siempre a la literatura y al otro. Ella siempre observó esos detalles del otro. Yo, de alguna manera, soy un producto de ellos. Durante muchos años mi mamá tuvo el primer taller de literatura que se hizo en la Unidad Penitenciaria III. Esa experiencia le cambió la vida. La llevó a tomar la decisión de escindirse un poco del ámbito de la poesía. Se dio cuenta que la poesía estaba en otro lado. Ella logró ver las cosas de otra manera. Para mi ellos dos son revolucionarios. Mi vieja es el alma máter del 404, hasta el día de hoy. Editó libros con la producción de esos talleres en cárceles. En las lecturas que se hacían, los hijos de los internos podían ver que los padres no eran un número, no era una persona que delinquió, eran una persona más, alguien capaz de otra cosa. Crecí viendo eso.

– ¿Los tiempos atomizados en los que vivimos le otorgan un carácter más individualista al arte?

Es raro lo del individualismo. Hay una conducta que si bien podría indicarse como individualista no lo es en el fondo. Es gente que está multiplicada por el mismo reflejo. Cuando uno, en vez de verse a uno mismo, se ve parecido a alguien que ni siquiera conoce, y quiere comportarse como los desconocidos más conocidos, ahí estás en un problema, porque sos parte de un rebaño que cree que es individualista y que cree tener sus propias características y no las tiene. Son características que son desprendidas de un simulacro. Son  características que están emulando algo que no nos pertenece. Cuando hablamos de arte es todo un territorio sinuoso. Hoy en la clase hablamos de publicidad, de propaganda, de los grandes maestros. Siempre se habla del arte ruso como propaganda pero ¿qué mayor propaganda ha habido en el arte que la que se la hecho a la Iglesia? De eso no se habla. Después, cuando hablamos de propaganda y publicidad hoy, ¿la publicidad no es un propaganda del sistema, acaso? ¿Podríamos venir a distinguir qué es publicidad y qué es propaganda? ¿Qué es arte? ¿Qué era arte? Era más claro cuando estaban los maestros y tenían la gran técnica. Pero después, la técnica termina siendo el mismo sistema y su capacidad de absorber y de presentar a ciertos artistas icónicos. A partir de ahí, si nosotros empezamos a seguir esas migajas que va dejando, nos perdemos, porque vamos a ir un camino que es el que nos están indicando que vayamos. Entonces, resumiendo: ¡no! (risas).

– Susan Sontag hablaba sobre cómo las mujeres tenían que ir a disputar espacios de poder tradicionalmente manejados por hombres. Vos ideaste y desarrollaste un festival de arte y tecnología pionero en la región. Todo lo hiciste sola.

En el sistema del arte, como dicen las Guerrilla Girls, la mayoría de las mujeres están posando en los cuadros, no están en la placa del nombre, del artista. En la misma historia del arte que nos cuentan siempre son los hombres los que han inventado. Muchas veces las mujeres de las que no se habla eran también grandes artistas, quedando eclipsadas. Todo relato es tendencioso. Quizás ahora nos toque el turno de aclarar las cosas. Todo tiene que ser muy equitativo, quizás ahora es el momento. Si ahora se inclina la balanza hacia el lado de lo equitativo hay que saber entenderlo, así como nosotras tuvimos que aprender tantas otras cosas.

– Rosario tiene una producción cultural enorme pero en los medios eso no se refleja. Los medios hegemónicos de la región están enfocados a una agenda y al entretenimiento. Los medios autogestivos son quienes se interesan verdaderamente en esa producción cultural pero no dan abasto para enfocarlo todo, siempre queda mucho afuera. ¿La falta de crítica perjudica a la producción artística?

Siempre hace falta la crítica. Siempre hace falta la crítica independiente. Lo vemos todos los días a esto. La crítica individual, también. Rosario es una ciudad a escala humana, por eso creo que, según la tradición cultural que tiene, es una ciudad donde siempre es más fácil que nazcan proyectos culturales. Hay que ver cuánto tiempo se sostienen esos proyectos culturales y hay que ver hasta dónde llegan los proyectos independientes. La mayoría de los proyectos que se sostienen en el tiempo son oficiales. No debería haber una puja. Desde la Secretaría de Cultura tendrían que valorar muchísimo más a los emprendimientos independientes porque, de hecho, si cooperaran y colaboraran, se estarían ahorrando muchísimo dinero porque muchas veces, primero, no tienen entre sus empleados gente capaz de hacerlo; segundo, tampoco podrían pagarlo. Creo que se beneficiaría la comunidad si se pudiera trabajar en conjunto. En definitiva las cosas se hacen para el resto, para la gente, para que la gente que no tiene acceso lo tenga, para que la gente que no va nunca a ver una obra, vaya. ¿Qué necesidad hay de bloquear ese tipo de prácticas? La cultura se trata de todo lo contrario. Es ahí donde tiene que haber un periodismo que se especialice y pueda discernir, pueda entender la diferencia, que esté más embebido y no que responda a una parte. Cuando el periodismo está pago, cuando responde al jefe, no va a decir lo que al jefe no le gusta que diga. Es algo que ocurre en cualquier trabajo. Ciertas prácticas deberían ser siempre libres. Es como pensar que un artista trabaja para alguien. No, no podés. O sí podés, pero dejás de ser un artista, sos un empleado. Nosotros tenemos que empezar a pensarnos de otra manera. No somos usuarios las veinticuatro horas, no somos empleados las veinticuatro horas, este sistema quiere que pensemos eso. Ahí está el problema, nosotros no tenemos que dejarnos ser pensados. Nosotros tenemos que pensarnos y pensar al otro. El pensar es una acción, no es un consecuencia. No es algo que uno tiene aceptar. No podemos dejar que nos piensen tanto. Cuando vos no pensás, otro pensó por vos. Esos lugares no quedan vacíos. Si no los completamos nosotros, ¿quién los va a completar? Otros. ¿Quiénes son esos otros? Todo el tiempo uno se tiene que hacer preguntas. Yo no creo que las preguntas tengan que quedar solamente en el ámbito de la filosofía porque entonces no son molestas y no son posibles, si se quedan ahí no hay respuestas y la pregunta queda dando vueltas en sí misma como un trompo. La pregunta tiene que ser ejecutada  y tiene que existir y transformarse en otra cosa, no puede ser siempre una pregunta. Ahí está también el problema. Como verás hay problemas por todos lados (risas). Pero digámosle encrucijadas, no problemas.

– Siempre fuiste muy clara y contundente para expresar tu postura política. Tras varios años de trabajo, habiendo desarrollado un festival vanguardista de renombre internacional, pudiste haber arreglado con el Estado o con un sponsor y quedarte tranqui haciéndote la distraída. Podrías vivir de una marca o una franquicia y quedarte en silencio, sin embargo, estás siempre lista. ¿Alguna vez pensaste en no manifestarte con tanta vehemencia y quedarte en segundo plano?

No. De ninguna manera. Además no recuerdo haber estado nunca tranquila (risas). Al contrario, mientras más cosas uno hace, más reflexiona y más cuestiona. Te vas dando cuenta de cosas que si no las hicieras, no las verías. El hecho de estar en acción constantemente te hace ver eso. No hay nada que me guste más que armar un proyecto, soñarlo, pensarlo y después verlo hecho. Quiero verlo funcionando. Ese no es solamente el derecho que tienen las corporaciones o los empresarios. Tampoco me gusta pensarme como una emprendedora, esa palabra no me define a mí, no me gusta. Todos somos hacedores. Todos hacemos, lo que pasa es que cuando se pone el foco sobre ciertos hacedores parece que los demás no lo fueran. Cuando uno se dedica a proyectos educativos siempre está en uno la defensa de la educación. Al viajar mucho me doy cuenta que lo que tenemos es una gema. Hay que defenderla y nunca dejar de defenderla. El día que uno deja de defender la educación pública, a lo mejor, te despertaste y ya no está más. La educación pública, gratuita e irrestricta como tenemos nosotros en nuestro país es un lujo en un mundo en que ya esas luces empezaron a apagarse hace tiempo. Cómo no preocuparse por la educación. Siempre tiene que haber universidades por todos lados y todos tienen derecho a llegar a la universidad. También ese es el motivo por el cual uno está haciendo esto. Me parece que no hay que bajar los brazos. A veces los caminos se oscurecen pero si no fuera por eso uno no tendría ninguna luz. Uno prende la luz cuando está más cerca la oscuridad. Ese es nuestro trabajo, un trabajo cotidiano. Arduo porque, a veces, es más solitario. Hay que ver qué es solitario y qué no. Cuando uno se tiene a sí mismo y sabe quién es no está solo nunca. En cambio, aquel que se pierde en el enjambre donde es como cualquier otro y no sabe bien quién es, va a habitar la soledad siempre. Yo nunca nunca me arrepiento de haber tomado este camino. Ahora es el momento de ver adónde quería ir con todo esto. Más allá de la visión política que cada uno tenga, y no me refiero a partidismos, más allá de la visión que tenga de dónde está la política, cosas que nosotros por suerte discutimos tanto mientras que en otros países ni siquiera eso, hay que tener claro que todos queremos estar mejor y todos queremos salir y ver que el otro esté bien. ¿Quién quiere salir y ver que otro está mal? Si vos querés eso, tenés que hacer una verdadera reflexión introspectiva porque algo está mal.

– ¿No te parece que la fijación que tienen con la universidad pública se debe a que ahí ven una herramienta de equidad? Es una gran herramienta transformadora que los aterra.

La educación que tenemos en nuestro país permite, además de acceder y terminar una carrera universitaria, que alguien conozca de varias disciplinas, que se tenga un conocimiento amplio. Mientras más oportunidad de conocer, más completa va a ser tu visión del entorno que te rodea. Eso permite opinar desde distintos lugares. Este tipo de sistemas que plantean la abolición de lo público, de las universidades, son en general muy especificistas. ¿Por qué? Uno que sabe de una sola cosa no puede opinar sobre el resto. Yo apunto a una formación humanista y universalista. Ctrl + Z es un híbrido entre lo privado y lo público. No es totalmente dependiente de la Universidad pero la Universidad sí tiene que ver con esto. Los costos están pensados para que la gente pueda asistir. También está apuntado a que uno pueda ir a conocer varias aristas del territorio educativo. Todo eso tiene que ver con una característica nuestra. Recordemos cómo se formó nuestro país. Nosotros somos descendientes de inmigrantes, están los pueblos originarios, nosotros somos el resultado de eso mientras que muchos otros países no. Cuando uno va a Francia, se da cuenta que su bandera tendría que tener retazos de todas las otras banderas porque cuando entrás en los grandes museos y cuando caminas por las calles, lo mejor que tienen es producto de la inmigración. Entonces, ¿por qué defender siempre a los países por lo que colonizan? Recuerdo un momento en el metro parisino cuando empecé a escuchar a una orquesta y cuando llegué a ese pasillo me encontré con una música emocionante. Era alegría su música. Me puse a conversar con ellos y eran inmigrantes ucranianos. Ese es el mundo, en un metro. Uno tiene que pensar sobre quién está detrás del rol que ocupa. El conserje del hotel, ¿quién es? Era un tipo que venía de Siria, un arqueólogo que estaba cumpliendo horas de trabajo en un hotel parisino que no veía la hora de volver a su país a reconstruir lo que Francia le está haciendo. Ver eso te hace pensar que no llegaste a París, llegaste al mundo. Todo es un testimonio de lo que ocurre.

III

Entre sus múltiples pasiones, Valenti tiene, desde muy temprano en su vida, un romance con los sonidos. Sonidos del hogar y las mascotas. Sonidos de las calles o el colegio. Palabras y gestos de su madre. La música, entonces, llegó con una contundencia que probó ser irrevocable. Más tarde, llegaron sonidos de los pasos distantes de algún amor, risas compartidas, la exuberancia de las calles expresando su hastío. Sonidos de vida; sonidos que vinieron para nunca abandonarla; sonidos que fueron expresados y transformados en nueva música.
Tiene tres discos editados:  Después de todos los cristos (2000),  20 de diciembre (2001) y Alta costura (2003). Sus canciones aparecen en varios compilados editados en nuestro país y en el extranjero mientras que, como compositora, ha realizado conciertos en Inglaterra, Austria, Bélgica, Taiwán, Rusia e Italia.
Mientras toca el piano en magníficos teatros, contextos multimedia o salas intimistas, Valenti expresa con todo su cuerpo, en un trance contagioso que recorre escenario y plateas. Esa misma entrega se reconoce en su conversar, su gesticulación y su risa. Su música habita el tiempo real de la misma forma que Gina es en tiempo real. Si todo el tiempo hay que estar construyendo, lo mismo parece ser en el plano corpóreo musical, siempre componiendo, siempre siendo un puente hacia algo más.
Cuando llega el momento de presionar el rewind sobre su vida musical, la roomie de Hamilton y Donovan, elige un recuerdo muy particular: Cuando era chica mi mamá tocaba y yo escuchaba, no sus composiciones, que las escuché más adelante, sino ese sonido y esa musicalidad que ya tenía. Empecé a estudiar música de chica, aprendí la técnica clásica, me di cuenta que mis compañeros dejaban rápidamente de ir y cada vez éramos menos en las clases porque teníamos una profesora que nos martirizaba y nos golpeaba con el abanico para que estemos más rectos. Según me cuenta mi mamá, porque yo no recuerdo esto, cerré el piano y no quise volver a abrirlo por varios años. Un día salí con lágrimas de la escuela, sequé rápidamente los ojos y no volví a tocar el piano por años. Ella no me dijo nada, respetó mi decisión. Tiempo más tarde, un día pasé por al lado del piano (estira su brazo derecho tocando al instrumento en cuestión) lo abrí y empecé a tocar algo que yo no sabía qué era. Resultó ser mi propia música. Me tomé mi tiempo (risas). Desde ese momento me resultó muy difícil volver a interpretar. Me parece que nos rodea un mundo que suena y está bueno traer nuevas músicas al mundo”.
El compromiso por crear esas nuevas músicas es solo una veta más de ese crossover constante que es Valenti. Nunca cómoda en ninguna piel que sea purista, sus canciones se rebelan a cualquier tentativa de definición o de categorización. Trazando como punto de partida sus raíces en formación clásica, su música está atravesada por rupturas que provienen del pop sintetizado y el punk, tomando formas únicas en el punto donde cohabitan la libertad de la electrónica con un academicismo incrédulo de los claustros.
“De alguna forma tengo esa formación clásica pero la intención es completamente la opuesta. Yo vengo de lo independiente, del under, no vengo de la academia. Pasé por la academia pero me escapé a tiempo” señala riendo mientras levanta el puño celebrando el escape exitoso.
Sobre finales de los 90, una adolescente Valenti entró en contacto con el colectivo Planeta X, por entonces, en los albores de un camino que hoy se aproxima a sus veinticinco años. “Estando en la secundaria, conocí a los chicos de Planeta X. Yo era un personaje en esa época, era un híbrido, la verdad. Si bien ellos se dedicaban más a la Electrónica y a su parte más experimental, algo que nadie hacía en Rosario, tenían un proyecto cultural bastante amplio donde se escribía y se publicaban boletines”, rememora Valenti.
En un panorama de menemismo extendido a la provincia y una ciudad que iba acentuando un modelo entre descontento social y marginalidad, Valenti se convirtó en integrante de un colectivo que se atrevió a pensar a Rosario de una forma diferente. Planeta X dispuso las bases para una construcción contracultural que escapa al imaginario oficial del municipio. Desde la horizontalidad, la autogestión y la vanguardia, el colectivo logró una divergencia en el circuito cultural subterráneo de Rosario que hoy sigue construyendo desde las esferas de la docencia, la política, el arte, el urbanismo y la comunicación.
“Ellos pusieron el ojo en lo mío”, señala la compositora. “Me acuerdo que Franco (Ingrassia) me trajo su DAT a mi casa y Charlie Egg insistía con que grabe yo. “Que grabe, Gina. Que grabe, Gina, dale” (risas). A partir de ahí empecé a tocar en vivo, por eso cumplo veinte años de mi música”.
“Era raro porque en el grupo era la única que no hacía electrónica. Aún así, no sé si por cómo yo lo tocaba, había algo que hacía que la gente sintiera un acercamiento importante. Era algo experimental, por más que no tuviera máquinas y no tuviera tecnología de por medio. Los Planeta X depositaron sus equipos y su confianza en eso y ahí empecé. Estuve varios años en ese proyecto. Para todos fue un semillero Planeta X. Yo siempre fui bastante terca…bah, siempre fui bastante segura de lo que quería hacer, y llegó un momento en que llegó como una masificación del proyecto y yo me escindí, y básicamente empecé el proyecto previo al 404”.

– ¿Por qué te alejaste de Planeta X?

Yo quería salir y conocer más lo que se hacía afuera, quería ver qué había detrás de Internet, que era algo tan nuevo. Me encerré en la casa de mi mamá y me puse a armar el disco Alta Costura. Ahí cambié el piano por la electrónica, por un error de transcripción. Tenía una música folk en un cassette y salió mal la transcripción pero entendí que ahí había un sonido al que quería atrapar. Con la música a veces uno quiere atrapar cosas. Desde ahí mi producción musical empezó a ir hacia otro lado. De repente también se dio lo del Festival.

– ¿Ya estabas encaminada en una búsqueda de algo que resultó ser el 404?

De alguna forma, es cuando uno empieza a buscar el camino en el camino. No seguir un método, no seguir una carrera. Tampoco es una cuestión de instinto, no creo en esas cosas. Es un camino y uno lo va construyendo. Uno no acepta siempre, uno construye. Hay que ser muy autocrítico para esto. Siempre me autocuestiono mucho. Por eso trato de no perder demasiado el norte. Siempre pienso en otras cosas pero también pienso de otras formas. Eso también me hace estar siempre relacionada con el arte. En la facultad, cuando tratamos las vanguardias del Siglo XX que han querido relacionar arte y vida, siempre tratamos de definir qué es el arte. ¿Pero qué es la vida? Nunca tratamos de definirla. La vida es absolutamente desigual. Hoy hablamos que la vida se define por el acceso o la falta de acceso. Siempre tenemos que estar en movimiento. No hay absolutamente un momento en el que los conceptos, las definiciones o los hechos queden fijos. Cuando uno elige esto no te bajás más. Quizás te cueste pero no te bajás más, lo seguís, es algo que te acompaña. El arte te acompaña toda la vida. Se va a apagar todo y el arte va a seguir prendido.

Texto – Lucas Canalda
Corrección: Daniel Rand
Fotografías – 
Renzo Leonard

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