DE UN VIVIR RAPEADO TE HAN HABLADO

Malajunta Malandro, el MC más original del trap argentino, volvió a Rosario para hacer sonar las canciones de su primer disco, El amor no muere y vos te querés morir.

Sobre calle Mendoza, un rato después de caer el sol, se escuchan bocinazos en la puerta de Capitán, un bar que alberga recis y fiestas. No son bocinazos hostiles, de esos que joden los tímpanos y crispan los nervios de cualquiera, son amistosos, de saludos cómplices. Conductores que no pueden parar pero saludan con sus bocinas y brazos afuera, bien arriba. “Ehhh, Malaaaaa” grita uno que sigue con el semáforo en verde. Otro, detenido por la luz roja, se asoma y grita “Mala, tocás acá? No sabía que venías a Rosario”.
Malajunta Malandro recibe el cariño desde los autos y también responde algunas preguntas de fans que se acercaron al bar esperando conseguir anticipadas. Es temprano todavía y todo el equipo de trabajo acaba de descender de la van que los transportó a Rosario. Lo primero que hay que hacer es bajar los equipos y probar sonido. Ante las espontáneas muestras de afecto en plena calle, el MC nativo de Tigre se pone contento y con humildad confía que gestos así anticipan que el toque va a ser bien pila, bien caliente. Tiene un tono de charla amable. Es un tipo relajado que transmite todo el tiempo, tanto rapeando como riendo. Se nota que ama lo que hace y que está feliz de estar dedicado a la música luego de años de lucharla. Sabe que la cosa está difícil por eso agradece cada toque repleto de gente. “Siempre que vinimos a Rosario hicimos un lindo quilombo” apunta sobre su relación con la ciudad que conoce desde hace años. “Todo está en saber el margen de gente que uno maneja. Nosotros vamos a lugares de 200 personas, 250, 300, por ahí”, explica describiendo su modus operandi en tiempos de crisis.
Aguante, Mala”, grita un flaco desde el mini ubicado enfrente. Mala es lo que más sale. Pero también le dicen Malandro o El Mala. En el juego tiene más apodos y A.K.A.s aún más coloridos y gancheros: El Joven Sandro o el Malandro de América, Ezequiel, Ezequielito Joda o El Ezequielito. Se podrían sumar algunos personajes de sus letras pero no hay que confundir, son construcciones, relatos entre estribos y estrofas, de identidades que no tienen sostén y el Mala pinta con picardía y un léxico que conoce setenta años de barrios. Malandro entiende todo. Puede desglosar a Rick Ross, T.I., Nas, Tego Calderón pero elige girar el disco en otra dirección, ahí donde los límites de los barrios se desdibujan por el caminar de la gente que va y viene transportando palabras, dichos populares y habladurías que vaya saber dónde terminan. Su elección es hacerse carne en la verba que nutre a las calles en las que para, en las que jugó; las mismas que caminó para ir a distintos laburos para más tarde verlo convertido en un referente. Para El Mala el sinónimo a una vida de fiesta no es Keith Richards ni Puffy sino el inolvidable Horacio Guarany. Por eso el tipo tiene un marco referencial que tiene basamento en Gardel, en el linaje de humedales y chamamé que los laburantes de mataderos de ya no existen; de ahí la cumbia, Patricio Rey, el tono del romance de Sandro y de Dárgelos, la mueca cómplice de Hernán de Mala Fama. Malandro parece condensar en sus rimas un entendimiento de la cultura popular gestada en las esquinas de la evolución de los mil barrios bonaerenses.
Gambeta rápida a la pose de importación, El Mala es pura mixtura nacional, representativo de todo aquello que lo hizo.  Defiende cada disparo con su garganta, sin chamu, ni auto-tune. El Cristal no existe, sale vino, fernet o birra del chino del barrio. Tranqui, va con amigos y amigas. Ni champagne, ni Bentley, ni tampoco bitches o hos. Tampoco la juega de gansta. Malandro tiene un GPS avivado de su ubicación, no vende lo que no es, nada de promover una identidad basada en años de asimilación del deber ser del hip hop. Para este nativo de Las Tunas su deber ser está en cagarse en todo eso, reírse, si está chocho dedicándose a lo que más le gusta. En sus videos se ven autitos a escala, celulares obsoletos, Brahma y Manaos, nada de caretearla. En “Ahora quieren pan” rapea: “ahora es un hit mi jerga ran, estamos sonando en la Internet/esto fue así, ke pim ke pam, estamos re acá y ni me enteré/fue re simple y tranqui no fue mucha ciencia/mantuve la jerga y fue por excelencia”. En la misma canción reafirma su compromiso con la legitimidad de no mentirse a sí mismo ni a su audiencia: “Viste que fla y que loco? No hablo de porro ni de putas/tampoco me hago el chorro, ni el porongón ni el gangsta rap”.

Rato después de la prueba, todo el equipo se traslada a unas pocas cuadras del Parque Independencia, a las veredas rotas del Abasto, donde la organizadora de la fecha espera con una hamburguesada. Mientras las brasas se ponen a punto se forma un círculo alrededor de las bebidas: cerveza, fernet y amargo obrero. Inmediatamente empiezan las risas, las descansadas y una ronda de anécdotas. Cuando llega el turno del Chacalito (el más reciente de sus alias) cuenta que hace unos treinta años atrás, su familia fue la primera en todo el barrio en tener un Family Game y que por eso se juntaban todos en su casa a jugar. La vuelta de tuerca llega en seguida cuando El Mala cuenta que la plata para comprar la legendaria consola la ganó él mismo haciendo un bolo para la televisión. Tuvo que hacer de extra en una tira de tele de un canal que no recuerda. “Te pagaban algo como cuatrocientos pesos, algo que por esa época era una fortuna, y yo no entendía nada, le preguntaba a mi viejo todo el tiempo ¿Pa,  me alcanza para comprar la Family?” (risas). Una vez que te anotaban quedabas y te llamaban cuando faltaba alguien, era flor de changa (risas).
Malandro arrancó hace casi veinte años con el rap. En el principio de todo y por un tiempo su nombre fue Perroh. Por cuatro años se entregó al ejercicio del freestyle hasta que sintió que ese formato tenía sus limitaciones. No iba a morir en el freestyle. Su corazón estaba en las rimas, claro, pero también en las canciones. Cuando se mete con los mixtapes se encuentra cómodo confirmando que estaba encaminado. “Hice catorce mixtapes y estuvo bien pero había que avanzar”, señala mientras abre la palma de su mano hacia adelante, como un crupier que muestra una carta imbatible.
Durante el proceso de crear nueva música el MC toma una decisión: estudiar producción musical. A partir de ahí todo cambiaría. Con nuevos conocimientos y herramientas llegó un Mala en upgrade. Sintiéndose más dueño que nunca de la gesta de sus canciones, estaba todo listo para dar el siguiente gran paso, un disco.
El amor no muere y vos te queres morir llegó en el mes de febrero, un lanzamiento de pleno verano para acompañar el calor y las noches de jarana con flow feliz. “Tu Chachalito”, el primer hit del disco, se construye sobre una melodía que fue silbada mil veces, la de “Empire state of mind”. Historia eterna de chica bien y chico de las calles. Tan romántica como sencilla se pega y no suelta. En “Monono” insiste para dejar en claro que está lejos de otros engrupidos del cliché: “Yo solo escribo y compongo versos/ De situaciones de amor del ghetto/Mi poesía es lo que siento/Lo que me digan no tengo miedo”. Hacia el final de la canción tira, “Tus anteojitos y filtros de instagram/Te encarcelaron en la pubertad/Cualquier salame habla de culos, tetas/Trata de puta  a quien se va a coger/Cualquiera escribe esa mierda de letra/Pero no cualquiera habla de la mujer como Ezequiel”.

Cerveza en mano, cigarrillo entre los labios, el amante de los Redondos conversa en un angosto y prolongado pasillo que encapsula la humedad del día que se va apagando. El Mala se ríe de viejas épocas, recordando las primeras experiencias en una ciudad ajeno que lo vio crecer y lo recibió una y otra vez mientras sus videos sumaban visualizaciones de manera explosiva. Hoy es otra oportunidad para renovar su vínculo con Rosario, una de las paradas donde marcó bandera con el aguante de los locales.

– Cuando tenés que hablar de tu música, siempre destacas la idea de un legado de vivencias personales pero también de generaciones anteriores a la tuya o a tus propios padres. Desde ahí partís a la cultura popular nacional, eso te diferencia de otros referentes del trap de nuestro país.

La otra vez vi un documental de Nas en Netflix (RAPTURE, 2018). Está produciendo a un pibe que creo que se llama David East. Me sentí identificado con una frase que dijo el chabón. Él está haciendo música nueva, fresca. A mi me gusta el sonido nuevo y él dijo algo que me encantó, “Yo musicalmente soy nuevo pero tengo un alma vieja. Yo siento eso mismo. Me crié con gente más grande. Me crié con gente más grande y también paro con gente de cuarenta, cincuenta, ex amigos de mi viejo que siguen en la esquina, nos seguimos juntando y de ahí nace toda la jerga de arte nueva, contemporánea. Viene todo por ese lado. Soy muy partidario de que la música es sagrada y hay que regalarle un contenido. Tiene que haber un contenido en lo que hacemos. Nosotros le decimos música popular porque no abarca solamente un género. Mi música defiende el origen. Desde la misma palabra defiende el origen del lunfardo.

– ¿Esa fue una decisión consciente o es algo que notaste con el paso del tiempo?

Yo caí en eso por el barrio en que vivo. Es como dice la canción barrio velocidad. Va con toda, a pura velocidad. Los chascarrillos, los yeites, el tumberío, es todo el tiempo eso. Todo el tiempo nacen jergas nuevas. En mi barrio era y es así. Te vieron algo y te ponen el apodo, te queda para siempre (risas). Es todo el tiempo descansar. Esa es la alegría del barrio. Siempre me llamó la atención ese código que generábamos entre nosotros, ahí en nuestras calles. En un momento yo escuchaba mucha música española, música boricua, hasta música yanqui. Nosotros decimos Qué onda, nigga, porque los nigga dicen nigga. Entonces me pregunté ¿Por qué no implantar nuestro idioma también? Si nos gusta el centroamericano, nos gusta el yanqui, nos gusta el anglosajón, el español. Nosotros también tenemos un montón de labia. Hagamos algo nuestro como hizo Gardel. En China escuchan a Gardel, el tipo cruzó las fronteras. El chabón habla con el lunfardo de sus décadas. Eso tenemos que hacer nosotros. Hay que darse a lo nuestro. Tenemos mucha jerga de barrios que viene de años y años por la simple razón que nuestro país tiene muchos barrios humildes, de esos que la gente habita de por vida. Eso es historia. Cumbia, rock, chamamé. Tiene que ver con la gente con la que parás pero también con tu familia, con lo que se escucha en tu calle, tus vecinos.  Somos todo eso. ¿Por qué no animarse a eso?

– Vos estudiaste producción de sonido una vez que ya habías arrancado con la música. ¿Te parece que adquirir determinadas herramientas y tomar el control de lo que querías marcó un quiebre en tu carrera?

Me pasó de estar en el estudio y de prestar atención a cada detalle de lo que estaba ocurriendo. No es que tuviera un tipo ahí tomando mis órdenes. “Bueno, sí, grabame la voz” queda como queda y después le echa la culpa al productor. El productor viene del punk, viene del rock, del indie, del reggae, no sabe cómo mezclar lo nuestro. Entonces yo al estudio iba con música, le decía al chabón, “mirá acá, quiero el eco que tiene esta canción“, “quiero que me dejés la voz como tal disco yanqui“.  Pero yo me crucé con un chabón diferente, alguien que me tiró algo diferente. Un productor del estudio El Cubo ahí en Ingeniero Maschwitz me dijo “Acá damos cursos de producción y vos sos muy atento por qué no lo hacés? Así en vez de traerme un CD vas a poder saber por vos mismo qué es cada cosa”. Yo por entonces laburaba haciendo mantenimiento de piletas en nordelta y con eso me pagué el curso de producción. Yo solamente lo hice para saber qué era lo que tenía que hacer. Me pasaba que yo pagaba una hora de estudio y grabar me tardaba quince minutos, el resto de los cuarenta y cinco minutos me los pasaba explicándole al productor qué era lo que yo quería. Entonces, por supuesto, era más fácil aprender para saber. Poneme este reverb, poneme tal compresión, vamos con este delayed, acá la voz está muy al frente, vamos a meterle de esto o probamos con lo otro.

– ¿Sos obsesivo dentro del estudio?

No. No creo ser obsesivo dentro del estudio. Puedo delegar, creo (risas).

– ¿Se puede transformar todos los visionados de Youtube y las reproducciones de Spotify en un verdadero ingreso para vivir? ¿O el ingreso más fuerte para el artista sigue siendo salir a tocar?

Es que eso sucedió. Se puede dar ese paso. Cuesta, ojo. La onda es ser bastante responsable con vos mismo. Eso significa armarte tu propio canal de YouTube, disponer tus redes sociales exclusivamente para la música para que la gente no se centre en la boludez de que hoy me tiré un pedo, estoy tomando una birra. Se nos escapan esos detalles porque somos personas pero si vos querés vivir de la música las redes son una puerta gigante que hay saber respetar y usar para tu misión. O sea, te van a dar de comer, no ahora, pero a futuro. Yo tengo doce años haciendo música. Escuchando música y yendo a los eventos de hip hop llevo casi a los diecinueve. En 2006 empecé con la música y la verdad que me costó un montón. Desde el 2014 en adelante empecé a ver el fruto.

– ¿Qué ganaste al dejar atrás el freestyle? ¿Se pierde esa fortaleza de saber disparar en el momento?

Yo al freestyle lo uso como un deporte, como el futbolista hace jueguitos o patea al arco, siempre sigo jugando. Pero yo eliminé mi carrera freestyler y quise convertirme en un artista porque me gustaba componer y me gustaba hacer música. Fijate que hay un karma en el mundo de los freestylers, a la mayoría les pasa que la gente no quiere escuchar tu música, te quiere escuchar haciendo freestyle y yo dije no, yo quiero hacer música, ir por mi música. El freestyle me gustó porque era algo re entretenido, nunca lo vi como un laburo ni nada, siempre fue algo re entretenido para hacer. Armar las métricas, toda la matemática de rimas, todo eso me resultaba algo divertido para hacer pero nunca fue mi objetivo.

– ¿Cómo llegás a formar tu equipo para trabajar de lleno en la música? En ocasiones los amigos con los que uno arranca no están en la misma sintonía laboral. No debe ser sencillo encontrar los socios justos para estar sobre el escenario tirando rimas e interpretando la vibra de cada lugar.

Yo me metí en esto y en el camino hubo muchos amigos, muchos. Laburé con amigos y todo era diversión hasta que se convirtió en un trabajo. Hoy en día, la gente con la que trabajo son amigos, está un familiar que es mi hermano, mi DJ. La gente que queda en el camino es porque no quiere progresar, entendes. No los juzgo, ojo. Quizás no lo ven como yo lo veo. Para mi esto es mi vida. Yo no me veo haciendo otra cosa. Está la amistad…Mirá, esto es como una fábrica, yo y vos somos amigos hasta que entramos en la fábrica porque donde yo holgazaneo un toque a vos te va a dar bronca que yo cobre lo mismo que vos. Hay una prioridad que es el laburo. Yo lo antepongo ante todo. Si me fallan y bueno, hay menos para vos, boludo.

 

Txt . Lucas Canalda
Ph . Renzo Leonard

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