EXPLORANDO LOS DÍAS QUE NOS HICIERON

La ilustradora Jazmín Varela acaba de publicar Guerra de soda un ejercicio autobiográfico que corre a la infancia de la típica comodidad idílica y la enmarca en pequeñas batallas de superación.

Digamos todo: ser hijx únicx te garantiza décadas de comentarios banales, frases hechas y lugares comunes fundados en creencias estereotipadas que comienzan cuando unx es chicx y duran hasta la adultez, reapareciendo de tanto en tanto. Algunos clichés no tiene fecha de vencimiento. Cuando unx cuenta que es hijx únicx llegan las clásicas líneas construidas en la combinación de: “SEGURO SOS RE -INSERTE ADJETIVO-”. Tres sencillos ejemplos: Seguro sos re caprichosx, seguro sos re malcriadx, seguro sos re egoista. Una pregunta acompaña a la fórmula del “seguro sos”: ¿No te gustaría tener un/a hermanito/a?. Ese interrogante, siempre disparado desde el estereotipo infundado, aparece y reaparece a través de los años probando ser impermeable a ahondar en la propia pregunta. ¿Por qué quisiera tener hermanx? ¿Por qué pensar que ser hijx únicx es ser parte de un juego incompleto? Además, ¿por qué tiene que ser un/a hermano/a? ¿Acaso un/a amigo/a no puede completar esa supuesta incompletitud?. Y aquí va la verdadera cuestión, las preguntas del millón: ¿por qué pensar que falta alguien? ¿por qué hace falta alguien más para completar el cuadro? ¿tan complicado es observar la riqueza de un mundo interior propio y estimulante? ¿por qué seguir concentrando esa pregunta sobre la errónea asunción de ausencias?
Cada hijo e hija única seguirá recibiendo los seguro sos escondiendo el hartazgo detrás de una cara de situación, hasta el día en que empiece a demostrar que no hay soledad; serán preguntas y comentarios soportados hasta que se muestren los primeros resultados de una crianza y construcción basada en jugar con la fantasía interior. Cada una de las obras de Jazmín Varela parecen ser un exposición de ese encendido mundo interior que cada hijx únicx desarrolla en su crecimiento. Una construcción de sensibilidad, reflejos, elementos y estados de ánimos que construyen las herramientas con las que más tarde será trabajado el mundo exterior, ese lugar con amistad, aventuras, amores, desigualdades, animales, verde, viajes y por supuesto, gente preguntado giladas.
“Ohhh, ¡todos los estigmas del hijo único que tenemos que escuchar!”, expresa Varela con espontaneidad cuando se observa los prejuicios que tienen que soportar aquellas personas que, al igual que ella, crecieron siendo los únicos niños de la familia. “Creo que lo que más me abrumaba de ser hija única es el tiempo libre, el tiempo no compartido con otro ser humano. Pero eso, a su vez, tuvo su lado bueno, ese tiempo fue muy ocupado por el dibujo en mi infancia, entonces terminó siendo algo positivo. Recuerdo ser chica y que las siestas de mis viejos se me hagan eternas, que las sobremesas se hagan eternas. Querer que el tiempo pase y querer relacionarse con otro en la vida cotidiana y no tener un par con quien hacerlo. Eso fue, por ahí, lo más abrumador o fuerte de ser hijo único, tener que arreglártelas con vos mismo desde muy chico. Tiene y tuvo su parte positiva, empezás a pensarte desde muy chico” recuerda la ilustradora con un té primaveral en la mano. “Ese mundo interior se explora únicamente en soledad. Explorarlo desde muy chico me parece muy enriquecedor. Me parece que hacerlo de grande no es lo mismo. Explorar desde la mirada de un niño es lo enriquecedor. También te sirve si tenés que afrontar la soledad desde más grande. Creo que ser hijo único es un gran entrenamiento para la soledad de más grande”.

Luego de títulos como Flora y fauna (2014), Cómo domar a tu perro (2014), ¿Para qué fumás? (2014), Banana boat (2015), Me gusta la gente que vive enfrente de la terminal (2015) y Crisis capilar (2016) y su reciente participación en la antología de historieta El Volcán, Varela presenta Guerra de soda (Maten al mensajero), un libro autobiográfico que retrata una niñez alejada del reduccionismo idílico donde las emociones son un tobogán andaluz con coloridas alegrías y los cambios son tan vertiginosos como inesperados. Las páginas de Guerra…presentan a una pequeña -y pecosa- Jazmín protagonizando conquistas cotidianas, venganzas endiabladas, desafíos a las típicas leyendas urbanas barriales, complicidad con animales y peleas en el siempre complicado arte de desarrollar vínculos en ámbitos desconocidos. El marco toma lugar entre la ciudad y los suburbios verdes, entre el contraste socioeconómico de los años 90 y los repentinos reseteos de la configuración familiar.
El flamante trabajo de una de las cofundadora del Festival Furioso de Dibujo presenta, además, una aproximación pictórica diferente a sus experiencias previas, manejando elementos de trabajo reducidos en pos de una premisa inicial. “Creo que es la primera vez que trabajo así, con los materiales tan acotados, son sólo hojas de color y una microfibra azul. También fue de casualidad porque fue a partir de un ejercicio, entonces lo hice rápido. Tengo una birome azul y hojas rosas, bueno, lo hago con esto. Después continuó como un ejercicio porque fueron dos páginas que se transformaron en quince para un fanzine que se llamó Un peso, dos piezas (2015)” explica Varela. “Lo continué más como idea de ejercitar esto de la historieta, sobre todo para ejercitar la narrativa. Una cosa bien simple que me permitía concentrarme en la narrativa y no pasarme el día entero pintando una página en acrilico. Fue favorable para concentrarme en la parte narrativa que es lo que más me cuesta. La búsqueda de la narrativa es eterna, me parece”.

– Vos tenés trabajos que embeben lo cotidiano en el surrealismo, un ejemplo es Twin Sweater. ¿Cómo se decide el tono o los elementos de cada historia?

Lo que tiene de bueno el dibujo, entre un montón de cosas, es poder inventar lo que vos quieras, poder correr los límites de lo que sucede en la realidad. Está bueno explorar todo. Siento que tengo mucha curiosidad por todo todo el tiempo, entonces termino haciendo surrealista y luego sigo con algo autobiográfico, después vuelvo al fanzine, sigo con la organización del festival o de la editorial. Me gusta mezclar muchas cosas para no aburrirme. En cuanto a la producción, en qué temas elijo o cómo lo cuento, también me pasa lo mismo. Por ahí veo algo surrealista que me copó mucho y me queda eso dando vueltas en la cabeza y en el próximo proyecto trato de abordarlo desde ese lugar pero no sé si son decisiones conscientes o que tienen mucho que ver con mi forma ser.

– Algunas de tus historias son bien personales y tratan sobre un mundo interior rico donde los demás, los otros, no están ausentes, sino que son quienes conforman mucho de ese interior.

Eso tiene que ver con la observación. Algo que tenemos en común muchos dibujantes es observar mucho y también disfrutar de observar a las personas. Desde chica me llamó mucho la atención eso, siempre fui de quedarme observando a los demás, a cómo son, cómo se manejan, todo el tiempo tratar de sacarle la ficha al otro. Uno observa qué sucede alrededor y cómo repercute en quien está al lado. Me gusta contar eso. Yo hago atención al público y para mi es un parque de diversiones (risas). Me gusta observar a la diversidad. Disfrutar las diferencias en la gente. Me gusta que eso también se vea en mis trabajos.

– ¿Exteriorizar recuerdos traumáticos se da naturalmente?

Sí, creo que sí. Guerra de soda se fue dando muy naturalmente. Fue algo del azar, por hacer un taller de historieta autobiográfica con Powerpaola. No estaba pensando en hacer nada autobiográfico ni historieta. Justamente, en el taller la premisa fue dibujar algo vergonzoso que te haya pasado en la infancia. A partir de ahí salió una anécdota y disfruté un montón de ese ejercicio. Fui agregando otras páginas mediante el mismo ejercicio de volver para atrás, tratar de hacer memoria en profundidad sobre ciertas cosas. Cuando tuve que hacer el libro, que era de una extensión más larga, sinceramente me atemorizaba volver hacia atrás. No sé si tenía ganas de hacer ese laburo mental y emocional. Pero me resultó bastante fácil. Lo abordé desde el lenguaje cotidiano de desdramatización y humor. Traté de trasladar el lenguaje que yo manejo en el día a día a esa instancia. Creo que de esa manera se pueden resignificar las cosas. Volver al pasado pero sin salir herida.

Además de su Guerra de soda, Varela viene de participar en la experiencia colectiva de El Volcán, antología que reúne a cuarenta y dos artistas de doce países de América Latina  y que busca plasmar un fiel muestrario de la ebullición de la historieta sudamericana desde los primeros años del siglo XXI.La formidable edición de trescientas páginas a color estuvo a cargo de la Editorial Municipal de Rosario y Musaraña Editora.
El pasado mes de septiembre la antología se dio a conocer en Europa, más precisamente en el Helsinki Comics Festival, donde los editores Alejandro Bidegaray y José Sainz presentaron el libro y montaron una muestra con material de los artistas compilados. Varela fue parte de la comitiva que representó la iniciativa en la capital finlandesa durante tres días. “Volví con la cabeza explotada por conocer tanta producción increíble”, cuenta la ilustradora sobre la experiencia en el país nórdico. Casi terminando su té, la artista apunta que “fue super surreal participar en toda la movida. Cuando los chicos me dijeron que me iban a proponer como invitada para el Festival de Helsinki tuve que googlear dónde era Helsinki (risas), a ese nivel de surreal fue. No estaba en mis planes hacer un viaje así, a un lugar tan remoto, en el medio del año, no estaba preparada, fue loquísimo. En el Festival todo el tiempo nos teníamos que decir ‘Che, estamos en Helsinki’, no caíamos. Todo sucedía en un parque industrial medio abandonado con muchas actividades en simultáneo. Fue muy lindo poder conocer un montón de autores de ahí a los que de otra manera no tendrías acceso. Fue una oportunidad que nos dio ese lugar”. “Nadie conocía mucho mi laburo allá, te soy sincera. A raíz de lo que se mostró con El Volcán, les re gustó. Fueron tres días re compactos, yendo de actividad en actividad, sin poder armar algo más para mostrar”, agrega.
Tras la experiencia en Helsinki y la publicación de Guerra de soda, Varela concentra sus energías en la inminente nueva edición del Festival Furioso de Dibujo, encuentro que nació como espacio de comunión entre dibujantes y que año tras año viene superando sus apuestas. “Ya es la cuarta edición. Todo se fue dando de manera muy natural. Teníamos la inquietud varias dibujantes de acá que nos conocimos de casualidad, en otros talleres o festivales, de juntarnos a dibujar porque es una actividad bastante solitaria. Necesitábamos compartir ese espacio y hablar, de nuestras vidas y del dibujo. (Plataforma) Lavardén nos ofreció una sala para que usemos los jueves e hiciéramos eso que buscamos. Cercano al final del año nos propusieron pensar una muestra en manera de devolución por el prestado de la sala. A medida que fuimos pensando esa muestra se nos ocurrieron otras cosas. ¿Por qué no invitar a charlas? ¿Por qué no le proponemos a Daniel Roldán un taller? Nos gustaba mucho su laburo y también lo veíamos como una oportunidad de gestionar un poco nuestra formación. Así fue tomando forma el Festival. La primera edición ya fue el Festival Furioso de Dibujo. La verdad que nos fue re bien en el primer esfuerzo y desde Lavardén nos propusieron que continuemos con esa actividad. Todos los años fuimos sumando propuestas y articulando con otras propuestas. Poco a poco fue creciendo ya se acerca la cuarta edición”.

– El Festival Furioso representa muy bien a una generación que supo aprovechar las posibilidades de las redes. Han sabido armar su camino construyendo una alternativa viable ante la lentitud ortodoxa de las editoriales y los estudios de diseños que a veces muerden demasiado de las creaciones de los artistas que allí trabajan.

Creo que tiene que ver con el desprejuicio de toda esa generación de dibujantes. Desprejuicio hacia todo, no sólo a las formas en que producimos pero también a lo que vos señalás. Vos empezás a dibujar, no sabés cómo insertarte, si es que tu interés es insertarte. Después te encontrás acercandote a editoriales o yendo por ese lado que por ahí se hacía un poco antes y no funciona. En ese momento empezás a buscar nuevas herramientas. Internet para eso es fantástico. Empezás a ver a alguien que comparte y a partir de ahí tiene propuestas o encuentra alguna otra salida entonces empezás a hacer lo mismo o a buscar algo por el estilo.

– ¿Cómo es dar el paso de la red al papel?

Es que siempre hice las dos cosas. Yo, desde que empecé a dibujar, empecé a compartir. No sé si con un fin, qué sé yo, tenía una red social y no sabía cómo usarla, me pasaba eso. Yo me siento incomoda usando la red social de la misma forma en que la usa el grueso de personas que conozco (risas). Para mi darle un uso fue compartir los dibujos que hago en los que de alguna manera me estoy mostrando yo. Todo empezó por ese lado. Lo del fanzine también, fue tratar de insertarte en un mercado editorial y ver qué eso no sucede o que es muy difícil o, también, que no estás preparado. Es raro, se tienen que dar muchas cosas para insertarte de una en un mercado así. Entonces, cuando conocí el formato, la oportunidad de sentirme libre, de expresar lo que yo quiera, me enamoré un poco de eso. No creo que deje de lado eso, todo el tiempo estoy pensando en hacer fanzines.

– ¿Hasta dónde llegan la estética y la ética del fanzine?

Para mi son dos cosas que van de la mano, son indivisibles. Lo que me pasó con la ética y estética del fanzine no sé si me lo planteé en algún momento, sale así. Creo que es explotar lo intuitivo y la libertad que te da ese formato. Siempre con lo que uno sabe hacer. Yo estudié diseño gráfico, no sabía qué era un fanzine, no sabía que podía ser fotocopiado, a mi me gustan las cosas lindas porque estudié diseño (risas). Ahora no sé si es que no me gusta la fotocopia, es que tenía otro recursos o ya los venía usando y decidí ir más por ese lado. Un fanzine tiene que ser como uno piense que sea o como a uno le salga. Voy siguiendo ese camino, siempre.

 

 

Texto – Lucas Canalda
Corrección: Daniel Rand
Fotografías – 
Renzo Leonard

 

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