EL OJO DEL OBSERVADOR

Andrés Violante, fotografiando desde la resistencia.

La trayectoria y la figura de Andrés Violante generan respeto y admiración. Nacido en Lomas de Zamora en 1969, entre 1984 y 1990 editó su propio fanzine, ZOTE, para luego  incorporarse al staff de algunas de las revistas musicales más prestigiosas de nuestro país y también de Chile y España. Su curriculum vitae apila trabajos en revistas Madhouse, Grinder, Heavy Rock, Kerrang, Rock Estatal, y mucho más. También su presente como editor fotográfico de Efecto Metal. Pero los CVs, al igual que las gacetillas, adolecen de matices y de los detalles que apuntalan una gran obra. Ninguna de esas hojas formales dirán nada sobre los miles y miles de recitales que Violante presenció en su vida. Tampoco podrán reflejar de manera fidedigna la confianza que artistas legendarios depositaron en su mirada para trabajar con comodidad, respeto y empatía. Seguramente Violante tampoco dirá nada de eso, puesto es que es un tipo modesto. El periodista Sebastián Ramos de La Nación alguna vez supo escribir, “Violante, fotógrafo devenido leyenda del metal local”. Además, como suele suceder con muchos fotógrafos destacados, es parte de esos héroes anónimos que son responsables de famosas imágenes que se reproducen en remeras, discos, libros, banderas, séxtuples urbanos, y que son reconocidas por toda la familia. Tiene un libro agotado (Hermética – Las Fotos, 2016) y más en camino. La muestra Fotografías de Trinchera parece sintetizar muy bien quién es Andrés Violante, quién es ese fotógrafo. Cien imágenes colgadas y otras mil que van proyectándose en pantalla hablan de un tipo precoz que por propia inquietud supo estar allí donde la historia se estaba sucediendo. Recorrer la muestra montada en el Salón de las Miradas de Plataforma Lavardén deja en claro que Violante fotografió a una parte considerable de la música de guitarras. Desde pioneros del Rock & Roll como Jerry Lee Lewis hasta figuras fundamentales del Rock Argentino. Allí están Luis Alberto Spinetta, Solari y Charly García. También aparecen grupos internacionales que supieron cultivar un vínculo único con el público argentino hasta convertirse en fenómenos como Rolling Stones y Ramones. Lou Reed, Slayer, Enrique Bunbury, Ratos de Porão, Violadores, A.N.I.M.A.L., Carajo, Rammstein. Lemmy Kilmister, sonriendo, genuino y franco, entre arrugas y verrugas. Joey Ramone es una esfinge de pelos de épica desgarbada en cuero gastado. Johnny Ramone, su hermano de banda y de conflictos, mira la cámara de manera intensa mientras hace su clásico power stand guitarrero. El Cobain enfadado de 1994 en Vélez también está en estos pasillos justo al lado de un doblete de Pappo. Prodan en trance, imponente y amenazante. Violante los capturó a todos. Un click en su momento ensordecido bajo la avalancha de decibeles pero estruendoso en la resonancia de su inmortalidad.

II

En 1976, mientras el mundo iba conociendo la ebullición del punk rock y la New Wave of British Heavy Metal (NWOBHM) inyectaba evolución al rock duro internacional, nuestro país entraba en la oscuridad de la Dictadura y Andrés Violante era un niño que tenía sus primeras experiencias en el universo de la música pesada. “Un tío me hizo escuchar Manal cuando tenía nueve o diez años, me encantó, me rompió la cabeza”, trae a la memoria mientras acomoda un café en la diminuta mesa del bar de Lavardén. Tras el primer sorbo a la taza continúa desandando sus recuerdos del rock en su infancia. “Mi primer disco fue Dynasty (1979) de Kiss, a los nueve. Obviamente eso me entró más por la cuestión visual. Kiss le entra a un chico de nueve años por esa cuestión. En la época post milicos, en el año 84, no era mucha la información que había disponible. Si se manejaba cierta información era por algún hermano, por algún primo, y yo soy el más grande de mis hermanos. Seguí escuchando cosas y consiguiendo lo que se podía dentro del contexto. Ya a los catorce, con mis hermanos y unos amigos, intentamos hacer un fanzine y no nos poníamos de acuerdo así que a la mierda con todo y lo hicimos entre mi hermano y yo. Lo escribíamos, lo diseñábamos, lo distribuíamos, sacábamos fotos, todo nosotros”. Ese esfuerzo que los hermanos Violante llevaron adelante por varios años más tuvo como título ZOTE. Según cuenta el mayor de los hermanos, “ZOTE significa Ignorante Ruido Difícil de Aprender”. Rápidamente específica entre risas, “empezamos a buscar palabras de atrás para adelante y no nos esforzamos mucho”.

La iniciativa tuvo lugar luego que Violante se hiciera carne en un libro que marcó a varias generaciones, un rito de pasaje para muchos jóvenes argentinos. “El tema del fanzine surgió a partir del libro Punk, la muerte joven de Juan Carlos Kreimer. Lo enganché en una mesa de saldos en unas vacaciones y lo leí en media hora. Ahí se hablaba que cualquier idiota podía hacer un fanzine y yo dije “Ehhh, presente “(risas). En esa época las notas que hacíamos eran a grupos como Casanovas, Violadores, Sumo, Soda Stereo, Redondos. Eran todas bandas que surgían por entonces”, rememora el responsable de más de ciento cincuenta cubiertas de publicaciones dedicadas a la cultura rock. “Treinta años después tuve la suerte de encontrarme con Juan Carlos Kreimer cuando presentó el libro que hizo con Pil, Más allá del bien y del punk , donde yo participo con algunas fotos. Entonces pude hablar con Juan Carlos para decirle que se cierra un círculo y comienza uno nuevo.  Ese nuevo círculo se aproxima cargado de novedades para los años venideros. Según Violante, “proyectos de libros hay un montón. El libro de Hermética salió el año pasado y ya se agotó. Ahora estoy trabajando en un nuevo sobre heavy argentino que sale durante 2018. Es una recopilación de bandas grandes pero también de muchas under que no llegaron a ser conocidas porque por cada banda que llega hay cincuenta que no prosperan”.

Violante marca los contrastes generacionales que propulsaban aquellos días de fotocopias y manchas de tinta en los dedos:  armar nuestro fanzine fue  una respuesta a las revista de la época como Pelo o Metal con la que no nos sentíamos identificados para nada. Cuando Dio saca uno de sus discos más importantes y se incorpora Vivian Campbell, actual guitarrista de Def Leppard, en la revista Metal salió una nota sobre Campbell contando lo difícil que era para una mujer salir de gira en una banda de heavy metal. Claro, nunca habían visto una foto, dijeron, “Vivian, Viviana, escribamos una nota o algo”. ¡Era una sarasa total! Veíamos eso y decíamos esto es una porquería. Por eso nadie se acuerda de la revista Metal más que por el nombre, no marcó nada. En cambio, Madhouse sí marcó algo. Todos la recuerdan con cariño”.  En la legendaria publicación de cultura heavy y otras vertientes alternativas fue donde Violante hizo escuela para también dar el salto a emprendimientos periodísticos de otros países como Chile o España. “En Madhouse entré en el año 91” recuerda café en mano. “Ya había hecho fotos con Hermética y me acuerdo que la carpeta que presenté tenía fotos con La H y Redondos. Era un tiempo que Redondos empezaba con sus primeros Obras, empezaban a salir y ser un fenómeno grande. El primer laburo que hice con Madhouse fue Ian Gillan y JAF en Obras”, agrega con una memoria certera.  

Sobre esos años en que desarrolló el fanzine Violante transmite un sentido de ética DIY y de resistencia ideológica donde el ímpetu joven buscaba patear la frustración de lo anquilosado. “Zote no era solamente de música”, explica el fotógrafo y periodista, “metíamos notas sobre (Pierre Joseph) Proudhon, (Mikhail) Bakunin, Willhelm Reich, era muy amplio el espectro. Había filosofía, letras, algo de historia, cuestiones políticas de un pibe que arrancaba en todo eso”.  Para reconocer las distancias enormes que van desde una escena de metal que promovía ideas de pensadores libertarios a un panorama de envolvente nacionalismo Violante arranca desde su niñez hasta aterrizar en la actualidad: Yo crecí en la época de la dictadura. Cuando estaban los milicos yo era un pibito y cuando arranco con todo esto ya estábamos en democracia. Para mi, una bandera, representaba a los milicos, siempre, esa fue la idea que tenía. Veía una bandera y para mi eran los milicos. Pero a partir del año 94, 95, en los shows empezaban a aparecer banderas y me hacía ruido porque no terminaba de entender. Claro, eran pibes que no habían vivido nada de eso que experimentamos nosotros. Yo tengo recuerdos de tener diez o doce años, cuando íbamos con mi viejo en el auto y pasábamos por el puente La Noria, él me decía “no mirés a los canas”, porque te veían mirando y te paraban. A los canas no había ni que mirarlos. Ahora hay muchos policías que fueron o son metaleros. Yo tengo una rockería y tengo clientes que son policías o gendarmes. Tienen mi edad, son metaleros y están en alguna fuerza. Entonces es muy diferente, es raro, no sé ni cómo explicarlo. También ahora se dice que es menos contestatario lo que pasa es que ahora hay mucha más gente de otras generaciones que escucha metal. Cuando yo tenía quince no había pibitos metaleros, ahora tengo cuarenta y siete años y hay mucha que tiene hijos y nietos que escuchan heavy metal. Entonces hay una razón generacional, también. Todo se va ampliando y en esa amplitud están todos los matices del movimiento”.

III

“Los primeros tiempos no tenía cámara. Ya lo conté mil veces. Era de un amigo que se la sacaba al padre”, repitiendo parte de su propia leyenda Violante confía que por estos días intenta convencer sin éxito a su otrora facilitador de cámara para que se la venda pero “no quiere saber nada por una cuestión afectiva” de su padre ya fallecido. Se ríe recordando esos tiempos de complicidad entre los amigos que salían, que volvían antes que las familias despierten, que se pasaban la cámara por la ventana antes de seguir para su respectivo hogar. “Después seguí con una Konica chiquita familiar.  Por el año 90, ponele, conseguí una cámara rusa, una Zenit que venía en una valija enorme con un lente que era un fusil. Ahí ya empecé a estudiar fotografía en Avellaneda. En blanco y negro siempre revelé yo. Muchos me decían que tenía que sacar con diapositiva porque era la perfección pero era muy cara. Yo para los estándares de esa época sacaba mucho, sacaba tres rollos, algo enorme para esa época, entonces no podía comprar diapo y menos revelarla. Además de revelarla había que hacer un internegativo para hacer copias, entonces era muy costoso. Yo sacaba con Fuji 100 que era la película más común que había. Muchas de las fotos de Redondos aquí expuestas están tomadas con Fuji 100. Compensaba valores y exposición. En el laboratorio por ahí pedía que las sacudan un poco más. En blanco y negro se revelaba a consecuencia de cómo se había sacado, con los químicos algunos grados más de temperatura entonces registraba más la imagen latente. Ahora es más fácil en cierto modo porque vos podés elegir la sensibilidad para cada foto, podés elegir para cada foto lo que querés pero también tenés que elegir entre mucho más material. Es mucho más difícil elegir y es mucho más difícil almacenarlo. Si te entran a robar no se llevan los negativos, se llevan los discos rígidos y cagaste” (risas).

Si bien la dictadura había quedado atrás, la policía por las calles parecía no haberse enterado y seguían golpeando tiempos duros en Capital y en el conurbano. Violante recuerda que, con sus amigos, siempre se manejaban con cuidado en sus andanzas nocturnas. En tiempos de apertura democrática un circuito hoy mítico estimulaba sus curiosidades de púberes en formación y pronto serían testigos constantes de una escena que en las décadas a venir llenaría cientos de miles de páginas de libros, revistas y espacios virtuales. “En ese momento no era raro ni mítico, era lo que había” explica el canoso fotógrafo. “Vos, por ahí, mirándolo desde hoy, desde el presente, hacia atrás podés hacer una interpretación que en ese momento ni se nos cruzaba por la cabeza. En ese momento ir al Parakultural era simplemente ir al Parakultural una noche más. Yo escuchaba Todos Tus Muertos, Comando Suicida, V8, escuchaba todo y veía que se cagaban a tiros entre ellos, a tiros, literalmente. No era entre las bandas. No entre los músicos, entre los públicos, entre punks y skinheads. Hoy hay punks y skinheads, hay gente que no se soporta pero hoy las tribus están más integradas. En esa época no, por entonces eras punk o skin o eras heavy metal. Siempre digo que yo para los punks era demasiado heavy y para los heavies demasiado punk. Siempre hay alguien que te mira de costado”.

– En ZOTE ya hacían coberturas de Patricio Rey y desde entonces fuiste transitando junto al grupo el proceso de masificación. ¿Es posible describir ese proceso?

Con Redondos empecé en el 87. Lo que yo vi es lo siguiente: arranqué a hacerles fotos cuando tocaban en el Bambalinas y cuando Skay iba a repartir volantes a la puerta de los otros boliches. Me acuerdo de estar en la puerta esperando en Palladium para entrar a Violadores y estaba él repartiendo volantes. Iban creciendo, iban buscando lugares para tocar. Uno de esos era Autopista Center que era abajo de una autopista, creo que hubo muy pocos shows ahí. O, por ejemplo, el Centro Municipal de Exposiciones. Buscaban lugares alternativos. Yo sacaba fotos desde el medio del público hasta la consola y la gente me abría paso, me hacía lugar. De repente, en ese Obras de diciembre del 94 donde tomé la foto de Solari, hubo gente que tomó la boletería, que afanaba, que se cagaba a trompadas, un lumpenaje tremendo que yo vi de un día para el otro. Obviamente no fue de un día para el otro yo pero yo sí lo vi así. Ese fue el último show en que tocaron en Capital hasta el 98, en realidad, hasta el 2000 porque en el 98 tocaron en Racing pero no volvieron a Capital Federal desde diciembre del 94 hasta abril del 2000, esa fue toda la etapa que hicieron por el interior. Yo esa etapa no la hice porque durante ese tiempo ya laburaba en Madhouse y con Hermética y tenía shows acá, entonces no podía viajar. Mi relación con Poli y Skay siguió siendo siempre. Hasta el día de hoy nos vemos y tengo mucho cariño por ellos. Ellos fueron quienes me abrieron la puerta. No le daban nota a nadie y a mi, con diecisiete años, me dieron una entrevista para el fanzine y si estoy acá hoy es por ellos.

– En la muestra hay fotos de grupos que ya no existen, de artistas que murieron, marcados contrastes entre tiempos de rock emergente y rock de espectáculo. Sin embargo, no elegiste enfocar un periodo en particular, vas desde la película hasta las mil posibilidades de colores del presente.

Es que yo sigo laburando, siempre. Sería una estupidez de mi parte decir “no voy a mostrar fotos de Redondos”, “no voy a mostrar fotos de Hermética”, “no voy a mostrar fotos de Sumo”, “no voy a mostrar fotos de Violadores”, sería un estúpido, definitivamente. “No, de ahora en más voy a mostrar fotos de la banda que vi anoche”, “ah, ¿quiénes son?”, “No, no sé, creo que ya se separaron” (risas). Hay que mostrar lo que uno hace, lo que uno hizo. Investigarlo. Por ejemplo acá tenemos cien fotos colgadas y en pantalla pasan mil quinientas, hay fotos que hice la semana pasada. Desde fotos de los 80 hasta cosa que tomé la semana pasada a Carolina Bakos de Inazulina, Voltios o Deff Leppard hace unos días en el Luna Park.

– El estándar de la actualidad en los conciertos grandes permite que los fotógrafos hagan su laburo durante las tres primeras canciones y listo. En un recital de dos horas te perdés mil capturas de un artista extasiado, sorprendido, enojado, feliz o aburrido. ¿Se domina la frustración que conlleva eso? Más allá de cumplir con tu laburo y tener lo necesario se pierde mucho.

No se domina, siempre es una frustración. Son tres canciones y, por lo general, te llenan el escenario de humo para que empiece a haber clima entonces la primera canción siempre es un desastre, no se puede hacer nada. Algunas veces hay muchos colegas trabajando y ni siquiera son tres canciones, son tres grupos de fotógrafos por cada canción. En algunos casos te podés quedar y te acomodarte para tirar alguna otra toma. En cada lugar yo ya sé desde dónde puedo tener determinada toma. Pero hay otros casos que es directamente terminar y salir a la calle. En el Luna Park sobre todo es así, por una cuestión de ART. El rock está muy corporativo desde hace ya muchos años, entonces tenés que tener ART, un seguro de vida o esto o aquello. Entonces te entran desde la calle, hacés las fotos desde el vallado o en otro lugar y a la calle de nuevo. Las fotos de Kiss que ves ahí -señalando a los neoyorquinos colgados en la muestra- fueron cuatro minutos. Lo que tiene Kiss es que en esos cuatro minutos te da todas las fotos entonces ya tenés todo, te señalan acá estoy, acá vamos. Está en vos, después, tomarla o no, tener el lente apropiado en ese momento, saber intuir qué va hacer el chabón. Gene Simmons, por ejemplo, cuando vos le clavás la mirada, el tipo te ve y ahí empieza. Ellos están atentos a eso. Después, listo, a la mierda, a la calle los fotógrafos porque ya hicieron su trabajo. Es entendible también. Con muchas otras bandas trabajo todo el tiempo. Con Malón, con La Beriso, es otra cosa, otra dinámica. Ahí yo entro al vallado cuando se van los colegas, entonces empiezo los shows desde otro lado, desde arriba del escenario, desde la consola, desde la tribuna, depende de dónde sea, si es un estadio o lugar cerrado. Si es un ciclo, al final de cada show miro las fotos y digo “bueno, tengo ésto, ahora me falta tal cosa”. Es un trabajo como cualquier otro pero que también está buenísimo.

IV

Violante no parece detener su motor que siempre lo arrima a las rutas y a los caminos, mientras posa para la cámara de Rapto comparte sus planes a futuro, detalla la agenda inmediata que lo devuelve a sus pagos luego de una semana en Rosario, recomienda grupos nuevos y con eficacia dispara nombres de artistas jóvenes que respeta. Entusiasmado comenta que el último día de la muestra vendrá acompañado de una jornada de talleres. En un rato se vuelve para Buenos Aires y apunta las actividades que tiene, recitales en Capital y en el conurbano, de viernes a domingo. Especialmente sonríe al anticipar la apertura de un bar llamado Joey´s, dedicado íntegramente a los fabulosos cuatro de Nueva York. Esa parece ser la única escapada de relax en un cronograma colmado de recitales. En el intenso ajetreo que lo lleva de vallado de los mega conciertos de estadios a los salones sin escenario alguno, del Palacio de los Deportes a  encuentros de metal y punk underground, Violante descubre grupos jóvenes de todo el país así como también es testigo del desarrollo y las problemáticas que acechan tanto al circuito subterráneo como al consagrado. “Fuera del circuito hay bandas muy respetadas. Los Antiguos, por ejemplo. Aonikenk que es una banda de Neuquén que está girando todo el tiempo y que tiene todo para crecer pero dentro del circuito. También hay bandas que de a poquito van despegando pero cambien de integrantes y se caen. Hay muchas bandas grandes que convocan trescientas o doscientas personas y hasta mucho menos, así que los productores tienen que poner diez bandas chiquitas a tocar antes para que le lleven diez personas cada una y sumar algo más, arañar las cuatrocientas. Está muy complicado. Muchas bandas que dicen “No, yo no vendo entradas, yo voy a tocar y no hago nada”. OK, pero si vos no convocás gente, tenés que hacer algo. Tenés que salir vos a buscarla. Si vos sos bueno en lo que hacés después la gente va a ir a verte pero primero tenés que salir a buscarla vos. Hacé vos ese laburo. Muchos se quedan en la fácil. Así tocás para nadie”.

Además de su trabajo constante junto a La Beriso y Malón, Violante hoy dedica sus esfuerzos fotográficos a la revista Efecto Metal, publicación bimestral de la que luce un parche en la parte delantera de su chaleco. Tanto ZOTE, su fanzine independiente multiplicado desde una fotocopiadora y distribuido a puro corazón, como Madhouse, un estandarte de la cultura metal en la década del 90 hasta su final con la crisis del 2001, parecen mantener un mismo espíritu de ética y resistencia sin importar su época. En los 80, los 90, los 2000 o los 2010, son trincheras de cultura alternativa que soportan crisis económicas, devaluaciones, inflación, lo superficial y descartable del consumo de masas. Los proyectos se terminan con finales felices o se estrellan en pedazos por las debacles económicas pero siempre se transforman y ese caminar no se detiene. “Es una cuestión de supervivencia, creo yo” apunta Violante sobre la capacidad de resiliencia que tiene la cultura del heavy. “El metalero es un público muy fiel, muy instruido, son devotos y apasionados de su cultura, apoya siempre”,  subraya.  “Nosotros hacemos la Efecto Metal sabiendo que no va a ser un éxito de ventas, que no vamos a vender 150.000 ejemplares. Tenemos un piso y no miramos el techo pero sabemos que con esa base podemos manejarnos. Tenemos nuestro nicho y sabemos que de ahí en adelante podemos hacer cosas. No volviéndonos locos queriendo ser un éxito de ventas a nivel masivo, sabemos que no es algo masivo. Ahora estamos haciendo algo diferente en Efecto Metal: la mitad de la tirada sale con tapa internacional y la otra mitad con tapa nacional. Sale Helloween y Marcielo. En la anterior, Steve Vai y el tano Romano. Tampoco podemos poner una banda under en la tapa porque tiene que ser algo reconocido entre todas las tapas que están en el kiosco de diarios y sacar ochenta mangos para pagar. No podemos salir vos o yo. Una vuelta una banda muy under me dice “¿Qué tenemos que hacer para salir en tapa?”. Me tenés que comprar 4.000 ejemplares. Me comprás 4.000 ejemplares y sale tu cuñado en la tapa (risas). Es complicado el tema de tapa, hay que saber elegir, no se puede pifiar.

Texto – Lucas Canalda
Fotografías – Renzo Leonard

 

 

La muestra se puede visitar hasta el 31 de octubre, de lunes a viernes de 10 a 19, y desde dos horas antes de cada espectáculo programado. Entrada libre y gratuita.

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