El último canto de mi raza vencida

Un viaje a la identidad cultural de Rubén Patagonia

Décadas de escenarios y rutas configuran un paisaje musical. Ese mismo paisaje patagónico que ineludiblemente se asocia al escuchar a Rubén Patagonia. Las texturas y el vigor de la lucha en canciones hacen que evocar un territorio a través de la música nunca haya sido más fácil.
Nacido allá en el sur, bien al sur. Comodoro Rivadavia fue su cuna durante muchos años. Desiertos, rocas, ríos, petróleo y el frío azul. De origen mapuche, sus letras, historias y recitados buscan no olvidar una vasta región de la Argentina. Historias de tehuelches, caciques, cerros, nieve, bailes, rituales, huelgas y genocidios, viven en sus discos.
A los 60 años, Rubén Chauque –su verdadero apellido- da shows descomunales de más de tres horas con una intensidad envidiable. Y no sólo eso, si no que después en su camarín recibe seguidores,  periodistas e integrantes de las comunidades mapuche, y a todos les dedica un caluroso afecto y una charla. La potencia de su voz y sus letras son proporcionales a su contextura física. Aquella que le produce una sensación de inferioridad a cualquiera que se le pare cerca.
“Seguramente la fuerza para cantar viene de la misma tierra. Yo siempre digo que en mi tierra hay silencios que tienen sonidos. Y ahí están los gritos de aquellos que murieron buscando su verdadera libertad. Yo no me doy cuenta, pero creo que es parte de una historia que no está contada, por lo que significa un genocidio. Quisieron desaparecer a toda una raza y no pudieron. Ahí está nuestro granito de arena para reconstruir la historia del hombre de la tierra (mapu- tierra, che- gente). Ellos son los que me marcan el camino continuamente y me cuidan”.

Alma sureña

La identidad de un artista como Rubén Patagonia está dada por una convergencia de culturas. Uno de sus hijos, Jeremías lleva ese nombre por la influencia de Vox Dei. José María Borrero, la poesía patagónica de Hugo Giménez Agüero, Sergio Castro, El Chaltén, estepa, petróleo, cordillera, bosques.
“Mi identidad se va forjando en la Patagonia, ese territorio agreste y bravío que se hace querer. La vida y el camino me han llevado después de tantos años a estar en Córdoba para ganar algunos espacios, y divulgar la realidad del mapuche – tehuelche. Hay un concepto equivocado sobre el mal llamado “indio”, ya que somos todos seres humanos, pero quizá con otra cultura. Hay que despojarse de eso, sobre todo en los sectores dominantes de la sociedad quienes los llaman borrachos, ladrones, asesinos. Hoy en día se han abierto puertas, corazones, de quienes tienen consciencia de que los pueblos originarios han sido postergados, marginados y olvidados”.
Según el folklorista, “uno no se va nunca de la Patagonia por más que ya hace tiempo haya salido a andar los caminos. Me fui simplemente con la necesidad de ir ganando espacios para difundir nuestro canto y la problemática del hombre campesino de la Patagonia, especialmente al hombre de la tierra, el mapuche – tehuelche”.
Entonces, la pregunta pasa a ser ¿A quién le canta Rubén Patagonia? Con su sencillez habitual, responde: “A todos aquellos que tienen la mente dispuesta a comprender y entender que todos somos seres humanos y debemos hermanarnos. Hay un sector de la población que tiene consciencia de todo esto, especialmente los jóvenes y está muy bueno. Hemos avanzado mucho, y podemos hablar de esta problemática”.

Hay una tierra más “acá” del colorado

“Siempre estamos volviendo, viajando y visitamos las comunidades. Hace poco, un día antes de la represión que sufrió la comunidad Vuelta del Río, en Chubut, estuvimos y visualizamos este concepto de amor a la tierra. También visualizamos el poder del gobierno chubutano de defender a los grandes terratenientes. Se ha tomado consciencia sobre la realidad de volver a la tierra como un concepto de ñuke mapu (madre tierra), ya que no somos los dueños de la tierra, sino que pertenecemos a ella. Ante el avance de grandes corporaciones y grandes terratenientes, está la cuestión de ir poniéndole un freno a todo eso. Acá estamos nosotros para aportar un granito de arena para que se logre la consciencia del hombre de la tierra y sus pensamientos”.

Por cuidar lo heredado

Dice Rubén, que si se tiene la oportunidad, hay que ir a visitar a los hermanos de las comunidades mapuche de la Patagonia: “seguramente te van a recibir bien”. Es por eso que visitamos la Comunidad Mapuche Vera, en el cerro Chapelko. La base del cerro, ubicado a pocos kilómetros de San Martín de los Andes, y unos cuantos metros en vertical, sería inhóspita e inalcanzable si no fuese un famoso centro turístico. Ahí arriba, rodeado de nieve, bosques nativos, rocas, paisajes de fondos de pantalla y alambrados, está el Centro Cultural Mapuche Vera, construido por la comunidad, donde ofrecen comidas, dulces, paseos a caballo y difunden su cultura.
Al calor de un fogón, Leticia Colipán, cocinera del Centro Cultural, nos explica que son cerca de 80 familias constituidas en ese lugar y su problemática. “Hace poco empezamos a trabajar con el turismo, porque nos ha quedado poco espacio para vivir como antes, con los animales y de las artesanías. Hemos tenido que salir a limpiar cabañas, hoteles, casas para poder subsistir”.
“Nuestro espacio no lo hemos abandonado, ya que nacimos acá. Ha costado mucho pero hoy la situación, después de años de lucha, ha cambiado y estamos mejor. Nosotros seguimos luchando con la empresa que tiene la concesión de explotación turística (Chapelco), a quienes les fueron otorgadas nuestras tierras. Por ellos se contaminan los ríos, la deforestación genera problemas a la ciudad de San Martín de los Andes, y es nuestro sueño, en un futuro, poder hacernos cargo y manejarlo nosotros, que somos los que mejor conocemos el territorio”.
Hace unos años, Rubén participó del acampe contra Monsanto en Malvinas Argentinas, Córdoba, dándole fuerzas a quienes resisten, como él: “Estamos viendo desastres de la madre tierra que tienen que ver con una lógica. Se taladra la montaña, se desmonta para sembradíos de soja, se contaminan ríos, y eso merece un grito muy fuerte. Estuvimos en el acampe hace unos años cuando entraban los camiones y maquinas al predio de Malvinas Argentinas. Resistimos con mucha fuerza y gracias a la lucha pacífica, abandonaron el lugar”.

Nunca mates la flor

A pesar de su larga trayectoria en escenarios, Rubén cuenta con una llamativamente escasa producción discográfica. La respuesta está en que cada uno de sus discos de estudio es de una densidad político-social que lleva tiempo digerir: “Hubo momentos en los que estuvimos grabando con Universal Music y decidimos no volver a grabar nunca más para estos sellos y nos volcamos a la producción independiente. Como se ve, la resistencia pasa también por lo cotidiano y no podemos encarar el costo de una producción, aunque pronto vamos a empezar a repasar los temas y ver si este año podemos hacerlo. Es muy difícil, y más siendo que este mensaje no es pasatista”.

La familia rodante

La carrera musical de Patagonia está signada por colaboraciones con músicos de rock, populares que empujan su mensaje. Cutral Co, su disco de 1998, fue producido por Ricardo Iorio. Volver a ser uno, editado 3 años después, por León Gieco. Invitado por Divididos, La Renga, Flavio, Iorio, Bersuit, A.N.I.M.A.L., entre otros, supo abrirse paso a un público joven, de quienes incorpora todo lo que puede para hacer más fuerte su grito de lucha. Su banda además está formada por su familia. O viceversa.
“Mis hijos ponen la impronta de los arreglos, y tiene que ver con la apertura a otros ritmos, indudablemente sin dejar las raíces y enriqueciendo el mensaje del hombre de la tierra, que es una proyección de la cultura mapuche- tehuelche, que lo hacemos con mucho respeto. Hay una cuestión familiar en lo que hacemos, ya que mis hijos forman parte de la banda y me apoyan mucho. Es muy importante, somos una familia. Nos dicen la familia rodante porque andamos con las nueras, nietos, etc. Cuando podemos salimos para todos lados para andar de gira y es un pilar muy importante tener a la familia cerca. En la banda están mis hijos Jeremías en la guitarra, Elal Aiken en la percusión y batería, mis hijas, todo en pos de no venderse al mejor postor, sino mantener la convicción y ganarse el sustento diario”.

TXT – Diego Mañas
PH – Renzo Leonard

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