UNA VOYEUR DIFERENTE

La fotógrafa Paulina Scheitlin presenta su segundo libro y se adentra en la cartografía de una ciudad inquieta

“Siento fascinación por calle San Luis. Está eso que queda todavía, una calle de venta de telas, hay un rastro de eso que permanece. A la vez, esa cosa de la importación de chucherías chinas a mansalva. Es como un condensado de lo que es Argentina, eso es calle San Luis, aparece lo que fuimos, lo que somos. La cosa berreta con lo que está buenísimo. El tipo vendiendo en la calle, todo está fuera de regla y todo es ilegal. Está buenísimo, me gusta mucho” confía la fotógrafa Paulina Scheitlin sobre una de las arterias comerciales más importantes de Rosario. Asimismo agrega “Es muy difícil sacar fotos ahí, eso sí. Es complicado” y sin embargo es difícil creer en su palabra cuando uno ve el cúmulo de capturas que en los últimos años supo conseguir con una mirada furtiva volviéndose invisible ante la muchedumbre que va y viene en busca de sus compras, los comerciantes que hablan en voz alta mientras caminan con autoridad de local en local, esquivando a los changarines que cargan mercadería esquivando milagrosamente al tráfico imperante y a todos los protagonistas de una fauna tan carismática de la ciudad.
Scheitlin acaba de editar “La foto de los lunes” una selección de la copiosa obra que durante casi seis años compartió a través de la red social Facebook. El libro tiene su estadio tangible gracias a la plataforma de crowdfunding Panal De Ideas y será presentado el lunes 18 de julio en la librería Mal De Archivo. Según sus propias palabras en la introducción del libro se trata de “imágenes que no entendía muy bien por qué las había sacado. No me gustaban, me parecían poco serias y que salían de mi trabajo habitual. Sentía que con ellas lo único que había logrado era desperdiciar algo de celuloide. Tiraba esos archivos en una carpeta aparte”. Café con leche espumoso de por medio, Scheitlin explica en detalle ese sentimiento previo al comienzo del semanario facebookero hecho de postales: En su momento cuando empecé con la página de La foto de los lunes mi trabajo era todo lo que se puede ver en el libro El Centro: Rosario y su centro, la noche, la imagen detenida. Yo pensaba que esa era mi obra pero éstas fotos que iban apareciendo en paralelo, ¿qué eran?, no eran parte de mi obra. Me daban mucha vergüenza, en serio. No las sentía mías. No me quería hacer cargo. Después empecé a ver que era un volumen que iba a creciendo y creciendo. Fue como empujando, si se quiere. Al punto tal que son 300 fotos las que llevo editadas y quedan en la carpeta unas cuantas más. Las páginas de El Centro (publicado por la Editorial Municipal de Rosario en 2012) exhiben joyerías, hoteles, clubes, bares y relojerías; un mundo de recovecos céntricos tan ignorados por una mayoría indiferente como recordados por generaciones de hábitos y ritmos diferentes. Con la edición de La foto de los lunes se evidencia un paso decisivo hacia una obra que se vislumbra como una cartografía de aquello que queda y lo que se fue. La rosarina logró hacer del silencio una virtud tanto para su hábito cotidiano para fotografiar como para construir una obra fuerte y con una personalidad imposible de confundir. Un trabajo construido a base de caminatas; de ojo furtivo combinado con actos de casi invisibilidad, de mimetizar sus ojos claros con la urbe ruidosa; una voyeur a la que nunca ven pero siempre está en el segundo justo: Le saco el mayor provecho que puedo al camuflaje de la calle. Prefiero pasar desapercibida, no ser vista por el otro porque me resulta bastante tedioso explicar por qué le quiero sacar una foto a tal cuál cosa. Muchas veces no me queda opción, y tengo que consultarlo. Por suerte la mayoría de las veces me dicen que sí sin demasiadas vueltas o sin demasiadas preguntas. Entonces debo decir que sí, que soy voyeur. Scheitlin parece capturar la permanencia de un calor afectivo que nunca se fue del todo porque las salidas no son opción; un calor cercado por los años de miradas indiferentes y las pocas que prestaron un mínimo de atención y lograron construirlo. Su fotografía captura ese efecto residual que se gestó en un ayer lejano y todavía se mantiene presente.

1

“No hay un momento decisivo, hay que crearlo” supo decir el brillante Robert Frank, uno de los artistas más admirados por Scheitlin, y sus palabras parecen reverberar como máxima absoluta en la cabeza de todo fotógrafo inquieto y curioso que camina los días de la vida en otra velocidad que el resto de los mortales. Esa creación involucra al ojo sigiloso siempre alerta, listo para actuar en un margen de segundos irrepetibles. La destreza de la joven Paulina radica en un recorte único; en apreciar una postal que frente a cientos de miradas fue irrelevante hasta que en un segundo, de repente, recorta y registra para la posteridad. “La verdad no sé cómo pero en un momento sucede. No sé si un momento de luz o es uno que en ese momento está con la cabeza más abierta o con la sensibilidad más a flor de piel para eso” comenta con cierta incredulidad la mujer de la cámara. Inmediatamente agrega con decisión “son momentos. Cuando uno está en esos momentos está más habilitado a toparse con esa imagen por la que pasaste al lado millones de veces pero de repente la notás. Me pasa de esa forma. No es que Uno no dice “voy a salir una horita a caminar y sacar fotos”, es una necesidad que uno siente y sale. Se ve que es casi todo el tiempo igual (risas), me cuesta hasta explicarlo. Están quienes trabajan con una idea previa y hay una búsqueda a partir de una idea inicial y por otro lado, estamos los vamos haciendo el laburo a medida que marchamos. Eso es lo que hacen la mayoría de los fotógrafos de calle como puede ser Robert Frank y han sido mucho otros. Son formas. Sabés lo que estás buscando pero es una búsqueda inconsciente, no es tan clara. No es una idea con tal intención porque estás persiguiendo tal cosa. Se va armando el cuerpo de la obra. Capaz que esa forma hace que uno termine sacando doscientas fotos para tener diez. Cuando se labura con una idea previa uno es más preciso porque no perdés el tiempo sacando cualquier cosa”.

– Caminando todos los días las calles de Rosario, tu ojo está a la expectativa, parece no haber un cese de lo furtivo.

Sí, estoy buscando todo el tiempo. De hecho, camino para acá, saqué unas diez y ocho fotos. Estoy todo el tiempo mirando, tengo un dispositivo para registrar porque ya ahora tengo el espectro abierto y puedo aceptar que sea desde un celular hasta una cámara. No sé cómo funciona, decirte “ojalá lo pudiera apagar” funciona así, estoy todo el tiempo mirando y si me interesa le saco una foto. Por ahí relativizo mucho. Hay algo, evidentemente, que miro y que después hace que eso tenga cierta coherencia como pasa en el libro, hay un tono, hay una composición, un montón de cuestiones que repiten.

– ¿El resultado se encuentra en el momento mismo de la captura o viene a posteriori, tras una selección y proceso de descarte?

No descarto tanto. Además esa parte de editar siempre se la dejo a otra persona, soy muy mala editando mis fotos. Trato de que me ayude alguien porque me cuesta mucho elegir. En el caso de las fotos de los lunes fue más sencillo porque la pre edición ya estaba hecha. Eran las fotos que ya descartaba, entonces no me resultó tan problemática la edición del libro. Al momento de editar es un problema por el volumen que saco, no la paso bien cuando tengo que editar. Algunos dicen que habla de la falta de madurez del fotógrafo pero yo creo que no, a veces no puede tener tan para adentro una obra suya; hago esto y prefiero que quien agarre las fotos haga una lectura y un recorrido que tenga ganas. Tampoco sé si está tan escindido de mi trabajo, no sé por qué tengo esa costumbre de querer separar las fotos de los lunes de mi trabajo. Me quedó el reflejo de cómo pasó que surgió todo esto, de decir “éstas fotos no me gustan, no tienen nada que ver con lo que hago” y las separo. Los años, la resistencia del tiempo, hicieron darme cuenta que sí tienen que ver y a los gritos. Es un continuado de mi libro anterior.

– Hay una continuación lógica. Te encantan esos micromundos que están deteriorados.

Me costó asumirlo como obra mía. Por eso veníamos hablando de que a veces uno no ve tanto lo suyo, prefiero darle las fotos a otro y que me den una mano. Uno a veces está tan empapado, tan metido en las fotos que no las ve. En el caso de estas fotos un montón de los lugares que se ven en el libro son lugares del centro, es lo mismo, esto es un recorte. Creo que también responde a un momento que vivíamos, algo que nos pasa a todos los artistas que producimos. Cuando produje toda la obra de El Centro, estaba en un determinado momento personal. La foto de los lunes apareció con otro momento personal de mi vida y fui entendiendo cómo hago ese giro. Empiezan a aparecer los carteles, el color mucho más estridente, aparece el humor, tiene que ver con un cambio mío, un cambio personal. Eso lo pude ver con la distancia y también con el aporte de otras personas.

– Lo gastado por el uso de millones de miradas indiferentes ejerce una atracción sobre vos. ¿Qué te seduce particularmente de eso?

Hay muchas cosas que me parecen amorosas, no el sentido de Susana (risas) pero sí que está ese tipo que armó la vidriera, incluso cartelito en mano con algún mensaje de push marketinero de treinta años atrás o el tipo que dentro del negocio dejó el almanaque colgado del año 82 o de las olimpiadas de Barcelona, esos gestos me parecen hermosos. Me encanta verlos, que estén ahí. Ya no los veo tanto, me pasa eso. Me parecen gestos muy amorosos que veo y quiero registrar.

– Tanto en El Centro como en La foto de los lunes hay una ciudad que cambia rápido, que va desapareciendo.   

Sí, creo que sí. Será una especie de cartografía para el futuro, tal vez. Me pasa cuando veo el material de los hermanos (Santiago y Vicente) Pusso, dos fotógrafos que registraron la ciudad entre 1890 y 1910. Vas viendo todos los lugares que van volando del mapa y por suerte estuvieron estos tipos que hicieron ese registro. Los que hacemos registro callejero terminamos dejando una huella de lo que era nuestro entorno en ese momento. Sin querer ser un registro histórico, termina aportando.

– ¿Y que tu trabajo tenga una mirada inmediatamente nostálgica qué te hace sentir?

Ya lo asumí. Me costó asumirlo al principio. Me enojaba que me dijeran lo de la nostalgia porque no me considero una persona nostalgiosa pero tengo que asumir que sí, que hay una añoranza de determinados lugares. Cuando estudio ciertos trabajos de otros fotógrafos que hicieron registro callejero de otras épocas siento que se exacerba eso. A mi me interesa lo que pasó, saber cómo eran las cosas antes. No caigo en eso de que todo pasado fue mejor. Sí me gusta ver cómo era antes, me tira eso. Ahora la ciudad está cambiando horrorosamente. Fijate que El Centro fue el año 2012 y hay lugares que ya no los reconozco. Cuadras enteras. Sí, soy nostálgica.

2

TXT – Lucas Canalda
PH – Renzo Leonard

comentarios

Comments are closed.